Mostrando entradas con la etiqueta espiritus. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta espiritus. Mostrar todas las entradas

lunes, 10 de mayo de 2010

¿Crees que existe la Vida En El Más Allá?

El único fenómeno del cual el mundo tiene certeza es la muerte. Sin embargo, ¿cuántos de nosotros meditamos sobre este gran trauma y nos preparamos para afrontarlo? ¿Qué sucede cuando morimos? ¿Nada? ¿Conseguimos la felicidad completa, "la vida eterna", o simplemente hay un algo insustancial y vago?

Los materialistas y ateos responderían "nada". Para ellos la vida es un proceso puramente biológico; cuando el cuerpo muere la personalidad muere con él, del mismo modo que deja de generarse electricidad cuando una batería falla.

Para estas personas la vida no puede "ir a ningún otro sitio". Estos racionalistas señalan a menudo que la antiquísima creencia en una vida futura es un mero reflejo del terror que el hombre siente por la muerte, por ser olvidado. A, través de la historia ha esquivado esta idea impensable o la ha rodeado con un optimismo ritual y pueril. El materialista opina que ésta es una actitud cobarde e intelectualmente deshonesta -debemos enfrentarnos con los "hechos"- después de todo, es cierto que lo único que sabemos de la vida es la muerte.

Pero, ¿qué sucede con el concepto de "vida eterna"? Casi todos los religionistas han predicado que sobrevivimos a la muerte corporal -de una forma u otra-. Probablemente estaríamos en lo cierto al afirmar que cuanto más sofisticada es la religión es más probable que conciba cierta forma de "vida eterna" para algún elemento inmortal del individual, bien en una clase de paraíso o en medio de los tormentos del infierno. Si el materialista está en lo cierto, no hay que hacer ninguna otra aclaración. Si los religionistas tienen razón, entonces conviene que cada individuo busque su salvación. Pero en el contexto de la religión, la creencia en una vida futura debe permanecer coma una cuestión de fe, y sólo la experiencia de nuestra propia muerte puede demostrarnos sí estamos en lo cierto o no.

Pero ¿que ocurriría si ninguno de estos rígidos conceptos fuera correcto?, ¿qué pasaría si algo -una cierta chispa de vida, vestigio de la personalidad humana- sobreviviera y entrara en un nuevo tipo de existencia, no en función de un premio o de un castigo, sino simplemente obedeciendo a una ley natural?

Hoy en día muchos investigadores de fenómenos psíquicos opinan que el equilibrio de pruebas sugiere que "algo" sobrevive, no necesariamente durante mucho tiempo después de la muerte, y tampoco es necesario que sea la personalidad completa. Según estos investigadores, algunas partes del sistema de memoria de un individuo y sus rasgos de personalidad parecen sobrevivir a veces durante un tiempo, permitiendo a su ser incorpóreo ser reconocido por seres vivos que le conocieron, aunque más tarde quizás se desintegre para siempre.

Del análisis objetivo de pruebas significativas de la supervivencia humana se ha ocupado especialmente la Society for Psychical Research (SPR), fundada en Londres en 1882. Pero la SPR nunca hubiera sido fundada a no ser por los acontecimientos que tuvieron lugar en una generación anterior, los cuales asimismo podrían no haber tenido nunca lugar sin la emancipación del pensamiento del Hombre, iniciada en el Renacimiento.

Mentes Y Posiciones Cerradas

A medida que los horizontes del conocimiento se ensancharon, la posición materialista se fortaleció y hacia mediados del siglo XIX un "pensador" era generalmente considerado como una persona que se había liberado de las trabas de la "superstición".

Los religionistas, sintiéndose atacados, tendieron a cerrar sus mentes a los hechos que minaban su postura y adoptaron irónicamente la misma actitud que algunos científicos adoptan hoy al enfrentarse con pruebas arrolladoras de ciertos fenómenos paranormales ("No creemos en ellos, y por lo tanto no son verdad"). A la luz de un racionalismo tan sólido, se buscó una fe con resultados que pudieran ser demostrados. Por ejemplo, cuando empezaron las actividades poltergeist en la casa de la familia Fox, en Hydesville (Nueva York) en 1848, el público se emocionó tremendamente.

 Por fin había aquí una "prueba" de la supervivencia del espíritu, un antídoto contra la frialdad del materialismo: nació el espiritismo, que llegaría a convertirse en un movimiento enormemente significativo, cuya expansión habría de abarcar el mundo entero.

Los espiritistas creen que su fe demuestra incontrovertiblemente la existencia de una vida después de la muerte. Aseguran que en las sesiones de espiritismo los espíritus mueven mesas pesadas, tocan instrumentos musicales, etc., parientes fallecidos y amigos hablan con sus propias voces acerca de acontecimientos conocidos sólo por ellos mismos y por uno o más de los presentes y algunas veces incluso toman forma visible con su propia apariencia, delante de ellos.

Pero los científicos rehusaron investigar los fenómenos de las sesiones de espiritismo, mientras que los espiritistas -y los cristianos fundamentalistas- se refugiaban en una sencilla fe que consideraba los descubrimientos científicos como provocados por un ingenio demoníaco. En este clima de tensiones opuestas se fundaron la SPR y otras sociedades similares. Los miembros fundadores eran por lo general intelectuales que se oponían a las posiciones intransigentes de "creyentes" y "escépticos", y que creían que los juicios objetivos acerca de fenómenos anormales deberían haberse hecho mucho tiempo atrás.

La enorme cantidad de material recogido desde 1882 puede ser clasificado de la siguiente forma: fantasmas; comunicaciones a través de médiums; correspondencias cruzadas; visitas inesperadas de comunicantes; fantasmas "cordiales" vistos por los moribundos; experiencias de pacientes durante una "muerte clínica"; experiencias fuera del cuerpo; pruebas con cifras y cerraduras de combinación; pactos con las apariciones; pruebas a favor de la reencarnación; fenómenos de voces electrónicas.

Los fantasmas. El primer gran éxito de la SPR fue un censo de alucinaciones. Se recogieron 17.000 respuestas a un cuestionario sobre la frecuencia de alucinaciones, y de éstas -después de agotar todas las posibles explicaciones- aproximadamente el 8 % quedaron como experiencias aparentemente genuinas de fantasmas. Entre ellas figuraban varias apariciones de personas que se decían haber aparecido hasta 12 horas después de su muerte. Por aquel entonces, los investigadores pensaron que esto podría ser debido a una transferencia de pensamiento por parte de la persona recién fallecida a los seres con los que tenía contacto en vida, siendo retrasada dicha transferencia quizás hasta que las condiciones eran propicias para que apareciera.

La mayoría de los parapsicólogos que aceptan de alguna forma la evidencia de los fantasmas están de acuerdo en afirmar que la transferencia de pensamiento -que incluye pensamientos, sentimientos, e imágenes visuales y auditivas, y que actualmente serían clasificados como percepciones extrasensoriales- es una facultad que poseen algunas mentes humanas y podría ser utilizada para explicar los fantasmas de los vivos. También parecen confirmarlo las presuntas "visitas astrales" que algunas personas aseguran haber hecho a personas conocidas. Quienes afirman esto no sólo "ven" las habitaciones en las cuales se proyectan mentalmente, sino que describen con extrema precisión detalles (por ejemplo, cambios de muebles) de los cuales sus partes conscientes no tenían conocimiento.

Sin embargo, un 6 o 7 por ciento de las apariciones registradas en el estudio hecho por la SPR aparecieron demasiado tiempo después de la muerte para ser consideradas como comunicaciones telepáticas demoradas. Este pequeño número de casos permaneció después de que todas las otras explicaciones -trucos, exageración, identificación errónea, sueños, etc.- habían sido examinadas y rechazadas.

Algunos investigadores psíquicos creen que sólo aquellos casos en los que las apariciones demuestran tener un objetivo especifico para manifestarse pueden ser tomados como prueba significativa de la supervivencia, e incluso entonces quizá deban ser clasificados como evidencia de una supervivencia transitoria. Podría ser también que, puesto que el recuerdo sobrevive al acontecimiento recordado, del mismo modo un pensamiento o un fuerte deseo de comunicar algo urgentemente a los vivos podría continuar existiendo después de la muerte, hasta que su objetivo fuera cumplido; luego, dicho pensamiento también moriría.

Desde los primeros tiempos de la SPR muchas mentes privilegiadas se han planteado pruebas de supervivencia proporcionadas por tales apariciones. Algunos han creído que seguimos viviendo; otros, no.

Comunicaciones a través de médiums. Al mismo tiempo que los fantasmas estaban siendo investigados por la SPR, también lo estaban siendo las actividades de los médiums -o, como se les llama de una forma más correcta, sensitivos-. Estos son personas (en la mayoría de los casos mujeres) que poseen una capacidad psíquica poco común, que ponen de manifiesto de diferentes formas. Según sus dotes específicas, se clasifican generalmente como sensitivos "mentales" y "físicos".

Un sensitivo "mental" puede entrar en un estado hipnótico, en el cual un "control" (un "espíritu controlador" o un "espíritu-guía") habla a través de él con una voz a menudo completamente diferente de la suya, y a veces le da una apariencia diferente, de forma que una mujer europea puede temporalmente adoptar la semblanza y la voz de, por ejemplo, un hombre chino.

A través del médium, el control puede introducir otros supuestos espíritus que pueden ser reconocidos por la voz, el gesto, o la naturaleza de la información secreta que transmiten a uno de los presentes en la sesión de espiritismo. Tales espíritus, así llamados, pueden parecer poco convincentes, aunque también debe decirse que quienes quieran creer en ellos creerán igualmente. Sin embargo, estas personas sensitivas poseen a menudo sorprendentes dotes de clarividencia, clariaudiencia y otras cualidades de percepciones extrasensoriales. Algunas veces se comunican a través de tablas de escritura espiritista, como "Patience Worth", o a través de la escritura automática, o dibujan al estilo de reconocidos maestros, o componen de la misma forma que los músicos famosos.

Otro tipo de sensitivo es el médium "de voz directa", que normalmente no entra en estado hipnótico y en cuya proximidad se manifiestan voces de ambos sexos y de diferentes tipos, con varios acentos y a veces en otras lenguas identificables.

La calidad de estas comunicaciones es enormemente variable. Muchas de ellas son superficiales y curiosamente materialistas. Se criticó con desprecio, en los primeros tiempos del espiritismo, el hecho de que los espíritus parecían pasar su vida futura fumando puros y bebiendo whisky. Con todo, esto y otras pruebas "materialistas" similares confirmarían las enseñanzas de algunas religiones orientales en el sentido de que el primer paso después de la muerte implica una estancia en el reino de la ilusión, donde el ego puede abandonarse a todo lo que quiera.

Otras comunicaciones, en cambio, poseen un alto grado ético y literario. Sin embargo, cuando se les desafía a dar una descripción inequívoca de lo que nos espera al otro lado de la vida, a menudo los comunicantes contestan (quizás con cierta razón) que la existencia del espíritu es indescriptible. Pero algunos espíritus -escasos- son más comunicativos, y a través de sus comunicaciones emerge una fotografía extraordinariamente consistente de la vida futura.

Los médiums "físicos" son aquellos en cuya presencia, tanto si entran en un estado hipnótico como si no, ocurren fenómenos físicos. Entre ellos se pueden incluir golpes fuertes en la mesa de espiritismo o en varios puntos de la habitación; algunas veces parecen utilizar un código inteligente, como si intentaran transmitir algún mensaje. También son corrientes los fenómenos telekinéticos (objetos sólidos que se mueven como si fueran manejados por una persona invisible), elevaciones del médium y de los objetos, manos invisibles que tocan instrumentos musicales, y la materialización completa de formas de espíritus.

Desgraciadamente, en la breve historia del espiritismo muchos de estos fenómenos han sido falseados, pero todavía quedan muchos casos de auténticos médium físicos que desafían cualquier explicación "racional". Se han confeccionado muchos tests para intentar atrapar a los impostores y, en un menor grado, para determinar el alcance de los fenómenos. Uno de ellos consistió en poner un plato de cera caliente en una sesión de espiritismo físico; la mano visible del espíritu se sumergió en la cera, la cual rápidamente se endureció. La mano desapareció dejando el molde intacto.

Sin embargo, incluso tales demostraciones no prueban en si mismas la supervivencia de la muerte. Muchos investigadores afirman que el material acumulado por la SPR contiene evidencias mucho más sólidas.

lunes, 11 de enero de 2010

Los niños de Illfurt



Este caso fue muy famoso en su época por los sucesos que tuvieron lugar durante los cinco años en que una familia fue aquejada por manifestaciones demoníacas. Los exorcismos fueron autorizados tres años después del comienzo de las extrañas manifestaciones: retardo incluso providencial, pues de lo contrario no se habría tenido esa abundante recolección de fenómenos, que le da al caso Illfurt un verdadero primado en materia y que tanto bien hizo en su época y sigue produciendo a quien lee la impresionante narración.

Sobre el episodio se escribió un libro: "El diablo. Sus palabras y sus actos en los endemoniados de Illfurt, Alsacia; según documentos históricos", escrito por el Padre Sutter en Turín, 1935).

Sobre la autenticidad del hecho no se puede razonablemente dudar, los mismos incrédulos de ese tiempo inventaron varias hipótesis, pero no negaron los fenómenos, que todos podían repetidamente observar.

Transcribimos algunos trozos para dar una idea de lo que ocurrió. Se trata de dos de los cinco hijos de los esposos Burner, Teobaldo y José, respectivamente de 9 y de unos 8 años cuando comenzó la extraña situación.

"Acostados de espaldas, se volvían y se revolvían con la rapidez vertiginosa de un trompo, o se desahogaban golpeando sin descanso, y con una fuerza sorprendente, la cama y otros muebles, llamado esta operación 'dreschen' - golpear el trigo - sin manifestar el mínimo cansancio, por más larga que fuera la golpeadura (p. 18).


El vientre se les hinchaba desmedidamente y daban la impresión de que un balón diera vueltas en su estómago, o que una bestia viva se moviese dentro. Sus piernas se unían una a la otra, como entrelazadas, y ninguna fuerza humana lograba separarlas.

En ese tiempo Teobaldo tuvo unas treinta veces la aparición de un fantasma extraordinario a quien él llamaba su maestro. Tenía el pico de un pato, patas de un gato, pezuñas de caballo, y el cuerpo completamente cubierto de plumas sucias. En cada aparición el fantasma sobrevolaba por encima de la cama de Teobaldo, a quien amenazaba con estrangularlo; el niño, en su terror, se lanzaba hacia él, invisible a los demás, y le arrancaba a manotadas las plumas, que luego les echaba a los espectadores aturdidos.

Todo esto en pleno día, y en presencia de un centenar de testigos, entre los cuales había hombres serísimos, por nada crédulos, muy suspicaces, y miembros de todas las clases de la sociedad: y unánimemente fue reconocida la imposibilidad de cualquier engaño. Las plumas producían un olor fétido, y - ¡singularísima cosa! - no se incineraban cuando se las quemaba" (pp. 18-19).

Siempre hablaban con voz varonil y sin mover los labios, lo cual causaba enorme impresión (cfr. Pp. 42-43). "A veces el cuerpo de los pobrecitos se inflaba de modo que parecía que iba a estallar, y vomitaban espuma, plumas y musgo, mientras sus vestidos se cubrían con esas mismas plumas que apestaban toda la casa (p. 83).

En la habitación eran atormentados de vez en cuando por oleajes de calor atroz, insoportable aun en pleno invierno; y a quien se maravillaba de esto, el diablo le gritaba riendo: '¿Soy un buen fogonero, no es cierto? Si vienen a mi casa, no los dejaré sufrir de frío: pueden estar seguros!'" (p. 83).

Muchísimas eran las ocasiones y los modos de manifestar el odio a lo sagrado, incluso con nombres y apelativos ofensivos e injuriosos. Sin embargo, en esta atmósfera de odio una cosa interesante y singular era la actitud de respeto hacia la Virgen.


Se lee en la página 40: "Mientras el demonio injuriaba y se burlaba de las cosas más santas, sin hacer excepción ni siquiera de Dios mismo, nunca se atrevió a insultar a la Virgen; y a alguien que le preguntó la razón, le contestó brevemente: 'No tengo el derecho. El títere sobre la cruz me lo ha prohibido'.

Su furor... llegaba al paroxismo, cuando alguien le echaba agua bendita" (p. 140).

Una vez el alcalde echó en los dedos de Teobaldo "unas gotas de agua bendita, e inmediatamente fue atacado por una fuerte agitación, hasta caer por el suelo, arrastrándose, ir a esconderse debajo de la mesa, cuando vio que no podía huir por ninguna parte" (p. 114).

El señor Andrés nos dice: "Cuando la monja que le lleva los alimentos deja caer en ellos una gota de agua bendita, o los toca con un objeto sagrado, Teobaldo se da cuenta inmediatamente, aunque esto se haya hecho en la cocina a donde él no va nunca. En ese caso, se acerca al plato con sospecha, mira atentamente los alimentos que le han llevado, y siempre los rechaza diciendo: '¡No tengo hambre! Hay porquerías ahí dentro' o también: 'Es veneno'. Y para hacerlo comer, hay que llevarle otra cosa. Lo mismo sucede con las bebidas" (p. 137).

"Si la monja le llevaba a Teobaldo alimentos y bebidas en las que había dejado caer gotas de agua bendita, él rechazaba sistemáticamente tomarlas, cuando no lanzaba contra la pared el plato y el vaso: pero ni el uno ni el otro se rompían" (p. 31).

"Una vecina de casa, la señora Brobeck, trató una vez de poner agua bendita en una medicina que los dos hermanos tenían que tomar: 'Vaciaremos todas las botellas de la farmacia, declararon ellos rechazando enérgicamente el remedio, antes que aceptar una gota de agua de la señora Brobeck'" (p. 29).

"¡En dos noches destruyó las abejas de veinte colmenas que pertenecían al vecino de los Brobeck: todas las abejas habían sido decapitadas! Pero como Satanás se declaró el autor de aquella extraña hecatombe, el señor Brobeck hizo bendecir las colmenas y los nuevos enjambres; y el poder del ángel destructor quedó aniquilado" (pp. 77-78).

"Otra vez el maligno se divirtió sacando el fruto de una gran cantidad de nueces que pertenecían a la familia Brobeck: no es necesario insistir en el asombro de todos, cuando vieron esas nueces con la cáscara verde perfectamente intacta y marcada con un pequeño rasguño" (p. 78).

Los niños "hablaban corrientemente las más variadas lenguas: respondían sin dudar en francés, en latín, en inglés, y entendían hasta los dialectos de Francia y de España" (p. 22).

De Teobaldo también se afirma: "Si quería, hablaba perfectamente las lenguas, sin el mínimo error, y a menudo hablaba días enteros en el más puro francés que se pueda escuchar" (p. 26).

Muchísimas son las ocasiones en las que los niños manifiestan conocer el pensamiento de los demás, acontecimientos lejanos, objetos ocultos, en fin, todo lo que está oculto al conocimiento normal.

Un día, mientras varias personas se encontraban en la habitación, Teobaldo hizo el ademán de tirar las cuerdas de una campana: "¿Por quién tocas a muerte?" se le preguntó.

"Por Jorge Kunegel" respondió sin dudar. La hija de éste casualmente estaba presente, y asustada le gritó al niño:

"¡Embustero!... Mi padre está bien, y trabaja como albañil en la construcción de un pequeño seminario".

"¡Estará muy bien, replicó él, pero debes saber que se ha caído; y si no lo crees, corre a ver!".

"La pobre muchacha voló a la construcción, y tuvo que constatar que su padre realmente se había caído de un andamio, y se había roto la columna, en el mismo momento en que hablaba Teobaldo. Nadie, en Illfurt, conocía todavía la desgracia" (pp. 60-61).

El demonio por medio de los niños "revelaba a menudo acontecimientos sucedidos en el más remoto pasado, y que ninguno de los testigos presentes conocía. Además, predecía muchos días antes, y aun semanas, los acontecimientos futuros: y la exacta realización de sus profecías eran objeto de continuo asombro.

Se divertía comunicando a los visitantes sus fechorías desconocidas, y reprochando en voz alta sus vicios y sus pecados más secretos, para tener el gusto de verlos escapar, sin preguntar el resto, asombrados y furiosos" (p. 57).

"A menudo Teobaldo predijo también la muerte de muchas personas. Dos horas antes de la muerte de una tal señora Müller, él se arrodilló sobre la cama, e hizo el ademán de tirar las cuerdas de una campana" (p. 60).

"El hablaba de acontecimientos de veinte, treinta y hasta de cien años antes con tal evidencias, tal precisión y tal seguridad, que hacía pensar que él hubiera sido testigo ocular" (p. 61).

"A veces se vio a los niños elevados por manos invisibles, con las sillas en las que estaban sentados; después los niños eran lanzados a un ángulo, mientras las sillas volaban a la parte opuesta" (pp. 19-20).

"Un sólido crucifijo que alguien trató de colocar en el cuello de José, se retorció inmediatamente y tomó la forma de una X conservándola mientras estuvo en el pecho del niño: y un escapulario colocado en sus espaldas voló inmediatamente a lo alto, y describiendo un altísimo círculo fue a caer sobre el casco de un guardia civil, Werner, que por casualidad había entrado en la habitación. El niño ni siquiera se había movido" (pp. 34-35).

Más adelante se dice: "Los niños estaban sentados en una silla. Esta era levantada por el aire por manos invisibles, y luego caía bruscamente. La silla volaba por una parte y el niño por la otra. La madre Burner tuvo que sufrir la misma suerte, un día en que se encontraba cerca de uno de sus hijos: y no sintió el mínimo mal, al caer... Los niños se trepaban a los árboles como si fueran gatos, y podían colgarse delas más pequeñas ramitas sin temor de romperlas" (p. 83).

"A veces manos invisibles arrancaban las cortinas de las ventanas, y éstas se abrían de par en par con una rapidez vertiginosa, aunque estuvieran firmemente cerradas; a veces el maligno tumbaba y arrastraba aquí y allí en la habitación mesas, sillas y otros muebles: a veces toda la casa era sacudida como por un violento terremoto" (pp. 84-85).

Es fácil imaginar que la noticia de hechos tan extraordinarios e impresionantes se difundiese rápidamente por todas partes y acudiese a Illfurt un número cada vez más numeroso de espectadores (cfr. pp. 21 y 22), que después se retiraban con serios propósitos de una vida mejor.

Interesante la conversión del guardián Werner, completamente incrédulo, y que después hizo una exacta narración de muchos acontecimientos (cfr. pp. 19 ss).

La curación de los niños

He aquí la narración de las dos curaciones tras varios exorcismos:

"El demonio con una voz de bajo profundo, lazó un grito formidable. Luego gimió.

- ¡Ahora, me veo obligado a ceder!

Inmediatamente el niño endemoniado se contorsionó como una serpiente que es aplastada; y luego, un ligero crujido recorrió sus miembros: desnudó lentamente el cuerpo, se alargó, y cayó al suelo como muerto.

El demonio había huido.

¡Los testigos de la escena horrible quedaron aterrados! Un momento antes, una rabia que causaba espanto, un rostro desfigurado por la cólera, respuestas declaradas: ahora, un niño inmóvil, que dormirá tranquilamente durante una hora, acostado en un suave colchón. ¡Finalmente ha quedado liberado! Ya no reacciona contra el crucifijo y el agua bendita, y se puede levantarlo y llevarlo a su habitación sin la mínima dificultad. Finalmente, se despierta, se refriega los ojos, mira con asombro a las personas que lo rodean, y que él no reconoce...

- ¿No te acuerdas de mí? - le pregunta el padre Schrantzer.

- ¡Pero si nunca te he conocido! - contestó Teobaldo, muy asombrado.

¡La madre lanza un grito de alegría sobrehumana! ¡Su hijo ya no es sordo, ya no es víctima del demonio, ha sido liberado del monstruo!... Lágrimas de agradecimiento salen de sus ojos, y todos se unen a ella para agradecer vivamente a Dios que ha dado a su Iglesia el poder de vencer al infierno.

Madre e hijo vuelven a Illfurt; y la madre, con el corazón lleno de emoción y de alegría, espera con firme fe la liberación de José.

Su esperanza se realizaría el 27 del mismo mes.

Desde el día en que volvió a su casa, Teobaldo fue de nuevo alegre como antes, y siempre de buen humor. No tenía la más lejana idea de lo que le había sucedido, ni siquiera reconocía al párroco, padre Brey.

Habiendo llevado de Estrasburgo algunas medallas bendecidas, le ofreció una a José y quedó asombrado al ver que éste la echaba al suelo y la pisoteaba, diciéndole irritado: - ¡Podías conservarla para ti, yo no la necesito!

- ¿Será que se enloqueció José, mamá? - dijo Teobaldo, ¡sin saber encontrar otra explicación a un hecho que la madre, naturalmente, se cuidó de aclararle! (op. cit. pp. 90-91).

Respecto de la liberación de José, se lee más adelante: - "Ahora, heme obligado a partir" - gritó el diablo como en un largo mugido; y con ese grito, el niño se echó por el suelo, se contorsionó varias veces, inflando los carrillos, y cayó en un acceso de convulsión, mientras los presentes lo miraban con angustia, sin atreverse a tocarlo. Finalmente se calmó y permaneció inmóvil y silencioso. Le quitaron las correas con las que lo tenían amarrado, sus brazos se aflojaron, inclinó dulcemente la cabeza, y después de algunos minutos se sacudió como uno que se despierta de improviso, abrió los ojos, y se mostró maravillado de encontrarse en la iglesia y rodeado de gente que él no conocía.

Al principio de la función el demonio había dicho:

- Si soy expulsado, romperé alguna cosa como señal de mi partida.

Y cumplió con su palabra. La camándula que le habían puesto en el cuello a José cayó hecha pedazos después de la liberación; y lo mismo sucedió con el crucifijo que le habían colocado en el cuello" (op. cit. pp. 93-94)

Las señales, a las que había hecho alusión, no representan una prueba infalible de la salida del demonio, pues él puede quedarse tranquilo, aún después de haberse desencaprichado con semejantes manifestaciones. Tampoco hay que creer que son necesarias para la liberación, pues no tienen nada que ver con ella (cfr. P. Thyraeus, pp. 195-196).