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jueves, 20 de mayo de 2010

ABDUCCIONES: El increible Caso De Próspera Muñoz


Probablemente los hechos tuvieron lugar en el verano de 1947. Aquel año –donde las noticias de platillos volantes empezaban a asomar tímidamente en las páginas de periódicos de todo el mundo– en una casa de campo situada en las inmediaciones del pueblecito murciano de Jumilla (España).

Próspera y Ana, dos niñas de 7 y 11 años respectivamente, ven cómo un objeto discoidal se sitúa, a plena luz del día, en las inmediaciones de une de las ventanas de la casa. De él salen dos seres de entre 1,40 y 1,20 metros de altura, vestidos con trajes blancos ajustadísimos, de cara muy delgada, complexión débil y enormes ojos alargados hacia los laterales, que acaban entrando en la casa y entablando una conversación –bastante anodina, por cierto– con las niñas.

A partir de ese momento Ana, la mayor de las dos hermanas, no recuerda prácticamente nada. «Tengo la impresión –afirma en una carta fechada en Febrero de 1986 y dirigida al Investigador José Ruesga– como si en aquellos momentos tuviese veinticuatro o cuarenta y ocho horas en blanco. No sé sise marchó el objeto o si se quedó. Por más que mi hermana intenta que recuerde, no recuerdo nada más». Afortunadamente para nosotros.

Próspera ha ido rescatando de su memoria aquellos hechos, rememorándolos con mucha nitidez. Aquellos visitantes, tras pedir un vaso de agua –que nunca llegaron a tomar– e interesarse por las fases de la Luna que aparecían marcadas en un calendario de pared, volvieron a desaparecer, tras asegurar a ambas niñas que regresarían pronto a por una de ellas. Desde su partida, una serie de insólitos acontecimientos rodearon la vida de la familia Muñoz durante los días siguientes: la puerta de la despensa se bloquea, los alimentos se pudren en su interior con inusitada rapidez, como afectados por algún tipo de radiación y los extraños seres acaben reapareciendo al cuarto día llevándose a Próspera a bordo de un OVNI estacionado, en plena noche, sobre un gran campo de olivos.

Una vez dentro le enseñan, a través de una especie de gran «pantalla de cine», escenas cotidianas de Próspera y su familia tal y como –al parecer– fueron recogidas por los tripulantes de aquel OVNI días atrás. Como sucede en tantos otros casos de abducción, a Próspera la tumban sobre una camilla y realizan sobre ella una serie de análisis médicos que concluyen con una especie de operación quirúrgica en la que le es insertado una especie de «microcápsula» en la base del cuello... Y después, más de tres décadas de silencio.

Detalle de un implante extraído del cuerpo de una persona supuestamente abducida. En ocasiones es común en personas abducidas, poder detectar pequeños implantes en distintas zonas de su cuerpo como la nuca, ombligo o detrás de las orejas. Estos pequeños artefactos podrían servir para llevar un control y seguimiento de la persona.




Memoria Perdida

Durante su estancia en la nave, uno de aquellos seres con los que sostuvo cierta comunicación, le advirtió que no recordaría nada de aquella visita hasta que transcurrieran, al menos, treinta años. Y así fue. Pasado ese tiempo, Próspera comenzó a recordar imágenes sueltas de su experiencia en el OVNI, que pudo durar alrededor de tres o cuatro horas. En un principio creyó que se trataba de retazos de alguna película que pudo haber visto durante su infancia, pero sus recuerdos se fueron intensificando y su hermana –cuando tuvo la oportunidad de contrastar con ella esas extrañas memorias, en 1980– le confirmó hasta donde pudo, la existencia real de la visita de dos entidades no conocidas a su casa de campo de Jumilla.

Además hay que sumar a esta singular vivencia el hecho de que los visitantes que interrumpieron la apacible vida de Próspera en 1947, volvieron a aparecer años después en la propia Jumilla, en la playa de San Juan (Alicante) y en Gerona, mostrando –en todas estas nuevas visitas– un vivo interés por el estado de la testigo y preocupándose por su condición física. Tanto Próspera como los investigadores que más de cerca han llevado el caso –como es el caso de Antonio Ribera, que dio buena cuenta del caso en su obra En el Túnel del Tiempo (1984)– ignoran el porqué de esas nuevas visitas, que se produjeron incluso dentro del casco urbano de las ciudades mencionadas, aunque reconocen que no son infrecuentes en la casuística mundial sobre abducciones esta clase de reencuentros.

La experiencia de Próspera cambió radicalmente su vida. Desde entonces –ha confesado en numerosas ocasiones– no se sintió una niña normal y adquirió una visión de la realidad que difícilmente podría tener una niña de su edad. Ese cambio ha orientado su vida, y –hoy por hoy– sólo espera reencontrararse con una extraña mujer que conoció años después durante su estancia en un campamento femenino, que no sólo parecía estar al corriente de la existencia de los seres del OVNI, sino que le predijo numerosos acontecimientos futuros y le aseguró que regresaría años después para hablar en profundidad de todas esas vivencias. La espera, en este caso, continúa y nos advierte que el caso de Próspera Muñoz no está, en absoluto, cerrado.


Próspera Muñoz junto al investigador y ufólogo canario Paco Padrón.



Evolución, No Mutación

«Hasta ahora, las opiniones de los que afirmábamos haber sufrido una experiencia de abducción –relata Próspera Muñoz– nunca habían sido tenidas en cuenta. Los investigadores se limitaban a preguntarnos por los detalles del caso y precipitarse a sacar conclusiones e interpretaciones de los hechos. Cierto es que algunos respetaban nuestros relatos y las sensaciones que, mejor o peor, intentábamos transmitirles, pero otros han escrito sólo de oídas, prejuzgándonos y achacándonos posturas, las más de las veces, irracionales.»

«Por ello, me dispongo a escribir con el ánimo de aclarar y desmitificar lo que se ha dado en llamar «el despertar de la conciencia», que aparentemente se suele dar en todos los testigos de encuentros cercanos con OVNIs.»

«Empezaré por mí misma. Se me ha preguntado en infinidad de ocasiones cómo ha cambiado mi vida a raíz de mi experiencia de abducción, y siempre me he visto en la obligación de aclarar que la palabra cambio no es la más adecuada para describir mi propia transformación interna. Cambiar significa «mudar o alterar, dando la impresión de que el proceso es algo instantáneo, cuando no creo que sea nunca así. La personalidad del testigo de un encuentro cercano no se altera de un día para otro por el solo hecho de su vivencia OVNI. Por ello creo que, en estos casos al menos, encajaría mejor la palabra evolución, ya que da una idea, más acertada, de cambio lento, progresivo y constante.»

«Resulta difícil expresar con palabras todas las etapas por las que he ido pasando en mi evolución particular. Mis dudas, mis búsquedas, descubrimientos, situaciones conflictivas o mis encuentros con gentes de todo tipo han influido drásticamente en mi forma de ser con el paso de los años.»

«Sin duda la etapa más difícil de asumir fue la primera. Cuando comencé a recordar mis experiencias OVNI de la infancia, me costó mucho entender los «porqués» de todo aquello que se presentaba en mi memoria como algo indudablemente real. El primer paso, por tanto, fue pedir ayuda para entenderlo que me pasaba. Acabé encontrando a Antonio Ribera i Jordá, del que me constaba su seriedad y buen hacer en el campo de la investigación OVNI. Gracias a él supe que había más gente en el mundo que decía haber tenido encuentros de las mismas características que el mío, descubriendo –de golpe– que no estaba sola en esta situación.»

«En 1983, de la mano de Antonio Ribera, asistí a un congreso ufológico en Ciudad Real y a una nueva conferencia sobre OVNIs en Madrid, en 1985. A raíz de ofrecer mi testimonio públicamente en esos foros, diversos investigadores se fueron acercando a mí, al tiempo que lo hacían otros curiosos e interesados en el tema OVNI. Fueron ellos los que me ayudaron en mi búsqueda, enriqueciendo mi vida y dándome puntos de apoyo para comprender lo que me pasó hacia 1947.»

«Fui, de esta forma, poniéndome al día de otras corrientes dentro de la ufología que ofrecían supuestos mensajes recibidos de entes ligados a los OVNIs. Mensajes que han generado pueriles ideas de «elegidos», catastrofismos y mesianismos sin sentido. Y es por ello que, tras conocer toda esa información, no tuve otro remedio que sublevarme y tratar de devolverles a "ellos" su dignidad.»

«Después de todos estos años creo que lo único que pretenden estas entidades es estimular la evolución del ser humano por la vía de la creatividad. De hecho, muchos investigadores creen también que se nos está estimulando «desde fuera» para incrementar nuestro aprendizaje. Y les doy toda la razón.»

De Los Contactados A Las Abducciones

Durante décadas sólo la ufología europea hacía claras distinciones entre los casos de contacto y los de abducción. En los primeros, los testigos describían sus relaciones –por lo general continuadas y llenas de experiencias complementarias– como entidades extraterrestres que deseaban transmitir a la Humanidad alguna clase de mensaje a través de su interlocutor en la Tierra, en este caso el propio contactado. Por contra, las abducciones presentaban el aspecto más dramático del rompecabezas OVNI, y mostraban episodios en los que el sujeto era introducido, aun en contra de su voluntad, al interior del OVNI para ser examinado a conciencia y ser reintegrado a la sociedad con un lapso importante de «tiempo perdido». A ojos de cualquier hábil observador del escenario OVNI ambos fenómenos parecían ser las dos caras de una misma moneda.

Sin embargo, lo que hasta hace poco tiempo los investigadores eran capaces de clasificar en diferentes archivos, en los últimos años se ha convertido en un ejercicio harto difícil. Contactados como Sixto Paz reconocen ahora haber sido sometidos a operaciones quirúrgicas similares a las vividas por los abducidos. Presentan ya extrañas cicatrices sobre sus cuerpos, atribuibles a esas intervenciones e incluso aseguran haber sido objeto de «implantes» por parte de sus contactadores. Por contra, los abducidos comienzan a confesar extrañas «misiones» recibidas de los extraterrestres, cosa que –hasta hace pocos años– parecía ser sólo del dominio de los contactados.

Es el caso, por ejemplo, de Betty Andreasson (de nombre real Betty Ann Luca) quien dedujo de sus vivencias que había sido abducida para informar a todo el mundo de la existencia real de los extraterrestres. Lo que comenzó como un episodio de abducción ha ido tomando matices contactistas a medida que los «guardianes» o los «extraños» –como indistintamente llama Betty a sus visitantes– iban reapareciendo una y otra vez. Es también el caso de los famosos visitantes de dormitorio, que reaparecen una y otra vez en la alcoba del testigo, llegándose a establecer cierto vínculo de «a mistad», si es que podemos denominarlo así, entre testigo y visitante.

En definitiva, la ufología está perdiendo progresivamente sus formas puras, haciendo que –como afirman John Spencer y Hilary Evans en un estudio comparativo entre abducidos y contactados– «el factor crucial de los informes es que cada caso es único. Esto en sí mismo –continúan– es razón para sospechar que el fenómeno "externo" tiene un significado "interno" específico para el testigo individual». Es decir, que a pesar de que pueda haber un fenómeno externo en los casos de abducción y de contacto que pueda ser idéntico, es el testigo el que al narrar su caso tergiversa la objetividad de su experiencia transformándose indistintamente en «contactado» o «abducido».

Lo cierto es que los ufólogos más brillantes comienzan a sospechar que ambos calificativos son sólo etiquetas para un mismo fenómeno, y que no hacen sino complicar las cosas y ralentizar un análisis más clarificador de la problemática OVNI.



Un Siglo De Abducciones

Desde que el Dr. Simon «construyó» la abducción del matrimonio Hill, han sido centenares las personas que afirman haber vivido episodios de secuestros por extraterrestres.

Cierto es que existen casos aparentemente anteriores a 1961. Sin embargo, el episodio de los Hill fue fuente de inspiración de ufólogos y testigos que, tras conocer dicho caso, «recordaron» sus respectivos raptos.

En el libro escrito por Antonio Ribera Secuestrados por los OVNIs, se parte de un centenar de casos como muestreo válido para enfrentarse al fenómeno abducción, resultando que ya ese mismo término es sumamente tendencioso. Abducción, sinónimo jurídico de rapto o secuestro, ha sido asimilado por los ufólogos que definen tal concepto como la experiencia habida en el interior de un OVNI por parte de una persona capturada por agresivos alienígenas. Sin embargo, lo cierto es que la agresividad de los supuestos captores sólo aparece de forma manifiesta en un 25 por ciento de los casos. En los restantes los testigos describen una actitud de aséptica indiferencia, cuando no marcadamente amistosa.

Tanto es así que en muchas ocasiones la experiencia no se limita a un solo episodio de rapto, sino que el abducido protagonizará otras experiencias OVNI posteriores. Así, al menos un 25 por ciento de los «secuestrados» afirmaron haber tenido posteriores encuentros OVNI, y de ellos no menos de un 15 por ciento terminarían recibiendo «mensajes» y pasarían a engrosar las filas de los «contactados». Algunos casos tan célebres como el de Charles Hickson, o la mismísima Betty Hill, serían ejemplos significativos.

A esta evolución de «la abducción al contacto» ayuda el hecho de que el arquetipo «extraterrestre bueno=guapo» y «extraterrestre malo=feo», puede aparecer en estos casos entremezclada. Más de un 12 por ciento de los abducidos describen tripulantes de diferente tipología durante sus supuestas experiencias en el interior de los OVNIs. Y si bien es cierto que existen relatos donde los captores agresivos son tripulantes altos y rubios (tipo adamskiano) y los «hermanos cósmicos» transmisores de mensajes son pequeños humanoides macrocéfalos, no es menos cierto que estos casos son la excepción de la regla. Así, cuando en el interior de la supuesta nave, el testigo ve humanoides macrocéfalos, junto con seres altos y de aspecto nórdico, no ha de extrañarnos que, tras haber asumido los supuestos ETs apuestos el papel benigno, el abducido protagoniza posteriores episodios de contacto post-rapto. Esta especie de «síndrome de Estocolmo cósmico» transforma al secuestrado en una suerte de «Patty Hearst ufológico» al comenzar a sentirse como un afortunado «escogido» entre el grueso de los mortales, sufriendo en casi todos los casos un «cambio de conciencia», o a lo menos una transformación en su forma de ver la vida. Por ello la abducción y el contacto no son sino la cara y cruz de una misma moneda.

Pese a todo esto, la mayor parte de los ufólogos continúan asimilando el concepto de abducción a rapto violento, manipulando un poco tendenciosamente el mismo, y pretendiendo, como siempre, hacer el fenómeno OVNI «a su imagen y semejanza».

No es de extrañar por tanto que, frente a la postura que asumen los procontactistas de asimilar a los ETs como los «nuevos ángeles», estos investigadores vean en los mismos ETs a los «nuevos demonios».

Sin embargo, el mito del rapto está presente en todas las culturas desde tiempos inmemoriales. Desde los aquelarres de las brujas, hasta la Santa Compaña gallega, pasando por el Magonia de las Hadas, los Zobop haitianos, los «vuelos chamánicos» o el arrebato de Elías, en todas las culturas se recoge tradicionalmente algún tipo de rapto de los mortales por parte de otras entidades.

Sin embargo, identificar tales episodios, de forma literal, con las actuales abducciones, es sumamente delicado, ya que cada tradición surge en un contexto cultural, cronológico y social determinado, utilizando unos arquetipos que varían con los años. Por eso los íncubos y súbcubos medievales no son iguales a los actuales «visitantes de dormitorio», aunque quizás estén hechos de la misma esencia.

Pese a la infinidad de «pruebas» que presentan los abducidos para demostrar objetivamente sus subjetivas experiencias (fotos o filmaciones de las naves o incluso de sus captores; huellas sobre el terreno del aterrizaje; grabaciones magnetofónicas; supuestos implantes alienígenas; otros testigos o evidencias de la presencia OVNI; etc.) sólo los abducidos pueden comprender el inenarrable sentimiento de la experiencia en el interior de los OVNIs. Y, como siempre, sólo el testigo nos permitirá comprender la naturaleza y origen de su experiencia personal, mantiene una estrechísima relación con su mente, receptora y adaptadora de toda percepción sensorial o no sensorial.

Descifrando el fenomeno de las Abducciones


El arco de triunfo de Tito, en el foro de Roma, muestra la gran menorah (candelabro de seis brazos), las trompetas de plata y lo que podría ser el Arca de la Alianza, todo ello tesoros del templo de Salomón.

También la ansiedad que demostraron en diversas ocasiones parece apuntar hacia un «terrible secreto» oculto en lo más recóndito de su mente... lo cual tiene mucho sentido si estos sujetos habían sido efectivamente abducidos, con el trauma psíquico que tal suceso puede originar.

La reacción de la Dra. Slater, cuando al término del experimento se le reveló que aquellos nueve sujetos habían sido probablemente abducidos a bordo de una nave extraterrestre, fue de asombro e incredulidad. Budd Hopkins le dijo entonces que algunos de ellos, con sus casos correspondientes, figuraban en su libro sobre abducciones Missing Time (1981), un ejemplar del cual ofreció a la doctora. El resultado de esta revelación fue un apéndice de ocho páginas, que la Dra. Slater añadió a su informe original. Este apéndice decía, entre otras cosas: «La principal y más crítica cuestión es la de si las experiencias reportadas por los nueve sujetos podían ser explicadas estrictamente en base a la psicopatología, es decir, de un desorden mental. La respuesta es un rotundo no.

Si las supuestas abducciones fuesen fantasías confabuladas, basadas en lo que sabemos sobre los desórdenes mentales, en tal caso sólo podrían provenir de mentirosos patológicos, esquizofrénicos paranoides y caracteres muy perturbados y extraordinariamente raros tipos histeroides, sujetos a estados de fuga y/o a múltiples cambios de personalidad.

Es importante observar que ninguno de estos sujetos, si tenemos que hacer caso a los datos proporcionados por los tests, caen dentro de ninguna de estas categorías. Por consiguiente, si bien los tests no pueden demostrar en modo alguno la veracidad del informe de abducción por un OVNI, podemos concluir que los hallazgos realizados a través de los tests no están en contradicción con la posibilidad de que las abducciones reportadas hayan ocurrido de hecho. En otras palabras, no existe una aparente explicación psicológica para lo que informan estos sujetos».

Y a continuación la Dra. Slater hace una afirmación obvia: si las personas sometidas a examen hubiesen tenido tales experiencias de abducción, algunos de los resultados obtenidos en los tests ya hubieran sido de esperar.

Los rasgos psíquicos traumáticos que todos los examinados presentaban pueden ser comparados, según la Dra. Slater, a los que presentan las víctimas de una violación, por ejemplo. Pero, aparte de la ansiedad y el sentimiento de «violación» que los nueve presentaban, por lo demás eran personas absolutamente normales. Es más: por encima de lo normal por lo que a inteligencia y creatividad se refiere, aunque su temor subconsciente diera una leve componente paranoide, muy explicable.



La Teoría Del «Trauma Natal»

El test realizado por las doctoras Slater y Clamar –que ya ha marcado un hito histórico en la investigación OVNI– parece indicar que los nueve sujetos sufrieron una experiencia real.

Y es precisamente éste el eje de toda la cuestión. ¿Son eventos reales las abducciones? ¿Son, por el contrario, episodios puramente imaginarios, fabulaciones creadas por el sujeto supuestamente abducido? Las implicaciones que se desprenden de cada una de estas posibilidades son muy distintas, y muy graves en ambos casos.

Si las abducciones son reales, entonces no hay más remedio que admitir que alguien está realizando unas experiencias, unos estudios con seres humanos, con finalidades que no alcanzamos a ver.

En cambio, si se trata de sucesos imaginarios, entonces nos encontramos ante una creación del inconsciente colectivo de la Humanidad. Como en su momento aseguró Wray Herbert, editor de la prestigiosa revista estadounidense Psychology Today, al analizar el libro de Whitley Strieber Comunión (1987) donde éste narra en primera persona sus experiencias múltiples de abducción, «si estamos ante una alucinación... se trata de una alucinación masiva que involucra a amigos, familiares y cientos de otras personas aludidas en el libro». Quizá, siguiendo la línea psicologista de análisis de esta cuestión, nos encontramos ante la aparición de nuevos arquetipos, como postulaba el eminente psicólogo suizo Dr. Carl Gustav Jung para explicar los OVNIs acudiendo a la imagen del mandala arquetípico, tal como explica en su obra Un Mito Moderno (1958). Pero si el mandala es válido, por sus características (forma perfecta circular) para explicar algunos casos de OVNIs, con las abducciones lo que tenemos es un pequeño psicodrama, demasiado complicado para ser arquetípico.

Pero aún hay una tercera «explicación». Es la avanzada por el sociólogo norteamericano Alvin H. Lawson, tras una serie de experimentos en los que fue asistido por el hipnólogo Dr. William C. McCall. Esta teoría se conoce como «hipótesis del trauma natal». Para formularla, Lawson sometió a hipnosis, en cuatro sesiones, a dieciséis estudiantes en 1977. Una vez sofronizados, se presentó a los sujetos un formulario compuesto por nueve preguntas, que reproducimos a continuación:

Imagine que está usted en su lugar predilecto, relajado y cómodo, cuando de pronto ve un OVNI. Describa lo que ve.

Imagínese usted a bordo de ese OVNI. ¿Cómo sube a bordo?

Imagine que está usted en el interior del OVNI. Describa lo que ve.

Imagine que está viendo algunas entidades o seres a bordo de ese OVNI. Descríbalos.

Imagine que esos seres le hacen un examen físico. Describa lo que le ocurre.

Imagine que recibe usted una especie de mensaje de los ocupantes de dicho OVNI. ¿Qué dice ese mensaje y cómo se lo comunica?

Imagine que le devuelven al lugar donde usted estaba antes de ver al OVNI. ¿Cómo llega hasta allí y qué es lo que siente?

Imagine que ha pasado algún tiempo desde que tuvo ese encuentro con el OVNI. ¿Hay algo que indique que su personalidad o sus funciones fisiológicas y/o psicológicas han sido afectadas de algún modo por su experiencia OVNI?

El inconveniente que presenta este interrogatorio, es que predispone al sujeto a dar unas respuestas determinadas; no ocurre así con un buen interrogatorio de un «auténtico» abducido, en el que el interrogador se limitará a pedirle que relate sus experiencias, sin darle «pistas», como ocurre con el formulario Lawson-McCall. Las respuestas obtenidas por estos dos investigadores se ajustan a lo preguntado, y configuran en cierto modo una «parodia» de una «verdadera» abducción.

Por otra parte, afirma Lawson que la forma «fetal» de los pequeños humanoides macrocéfalos evoca –de acuerdo con su teoría del trauma post natal, que expuso ampliamente en la obra Lo Imaginario en el Contacto OVNI (1990)– la forma, precisamente, del feto humano. Sin embargo, no comprendemos cómo el recién nacido –de ser correcta esta teoría– se ve a sí mismo como un feto. Esto, sencillamente, resulta absurdo.

Asimismo, nos parece absurdo que la «escenografía» de la abducción reproduzca la del quirófano o sala de maternidad, donde tiene lugar el alumbramiento. Según Lawson, el sujeto recordaría a los doctores y las enfermeras que rodeaban a su madre en el momento del parto, y la propia sala brillantemente iluminada.

Admitamos que esto pueda ser cierto para personas nacidas en estas circunstancias. Pero ello nos llevaría a realizar una investigación –imposible en muchos casos– para saber cuáles fueron las circunstancias que rodearon el nacimiento de los abducidos. Algunos, por la fecha del incidente (1957 para Antonio Villas Boas; 1961 para Betty y Barney Hill), nacieron casi a principios de siglo, donde los partos no se realizaban por lo general en las condiciones clínicas y asépticas de la actualidad, sino muchas veces en la propia casa materna, y con la intervención de la comadrona, figura que hoy prácticamente no existe ya, a excepción de su presencia generalizada en países subdesarrollados clínicamente.

Antonio Villas Boas, por ejemplo (fallecido en 1985 a la edad de 52 años), habría nacido en 1933, pues tenía veinticuatro años en el momento de producirse su famosa abducción en Ponte Porâ. No creemos que en pleno sertâo brasileño, y en 1933, los partos se realizasen en impolutas clínicas, sino que probablemente tendrían lugar en la propia casa, a la luz de las velas si era de noche y contando con la asistencia de unas cuantas comadres. Este punto –muy importante– ha sido olvidado por todos los críticos de la hipótesis Lawson-McCall.

Volvamos momentáneamente al caso de Próspera Muñoz, ampliamente expuesto en la obra En el túnel del Tiempo (1984). Es necesario ver este caso sobre el contexto de casos mundiales similares, donde la abducción de niñas y niños entre 7 u 8 años es un hecho bastante frecuente. De hecho, el ufólogo neoyorquino Budd Hopkins admite ahora que muchas de las experiencias de abducción de los casos que ha tenido la ocasión de investigar se remontan a los primeros años del testigo. «También descubrí –señala Hopkins– el intranquilizante hecho de que la abducción no es un episodio que se da sólo una vez, sino que parece ser un proceso continuado, que se inicia en la niñez y reaparece más tarde».

Por su parte, la excelente investigadora francesa Geneviève Vanquelef reúne bastantes de estos «raptos infantiles» –prácticamente todos los conocidos– en su obra OVNI: Interventions-Captures (1985), que es sin duda el más completo catálogo que existe publicado sobre estos hechos. Visto así resulta que Próspera Muñoz se convierte en una más de las docenas de niñas abducidas... –y generalmente seguidas o monitoreadas, en el argot ufológico angloparlante– luego, durante el curso de sus vidas.

¿Sucesos Reales o Imaginarios?

La verdadera pieza angular de este rompecabezas que presenta el enigma de las abducciones consiste en saber si se trata de eventos reales («actual happenings») o imaginarios («imaginary happenings»). Depende de cuál sea la respuesta que se dé a esta pregunta, que se marquen nuevos rumbos a la investigación ufológica. Si la respuesta es que las abducciones son reales, entonces las implicaciones de ello son enormes: como ya hemos dicho, significaría que un equipo o equipos de entidades de origen desconocido (extraterrestres, ultraterrestres o procedentes de «n» dimensiones), estarían programando a semejantes nuestros, con finalidades que sólo podemos intuir levemente.

En el segundo caso, tal y como insisten autores que a continuación mostrarán sus pareceres como el británico Hilary Evans, significaría que centenares –probablemente millares– de seres humanos (por otra parte considerados perfectamente sanos y normales por los psiquiatras y psicólogos) sufren unas alucinaciones que les hacen creer que han sido llevados a bordo de una nave espacial... pese a que en estado consciente no lo recuerden.

Tal y como reconocía el ufólogo Richard Hall en 1978 (uno de los más destacados investigadores mundiales del fenómeno OVNI, y gran promotor del clásico grupo de investigación NICAP), «o cientos de personas de todo el mundo están sufriendo de alucinaciones o ilusiones muy similares, y en ese caso el origen de patología tan extendida debe ser estudiado urgentemente, o está ocurriendo algo extraordinario y con amplias implicaciones para la Humanidad». Si las sospechas de Hall fueran ciertas en lo que respecta a la patología de las abducciones, esto apuntará hacia un grave trastorno del psiquismo humano colectivo; hacia ese inconsciente colectivo de que hablaba Jung. Aparte de que es una explicación más alambicada que la primera, quizá resulte más alarmante. Cabe preguntarse entonces, ¿cuál será la causa de esta misteriosa «enfermedad o epidemia psíquica»?

Sin embargo, y contrastando las evidencias que tenemos en pro y en contra de los casos recogidos, creemos que las abducciones reflejan eventos reales. Su misma homogeneidad nos conduce a creerlo así.


Pero es que además, en algunos casos, hay inclusive pruebas físicas: huellas en el suelo en el lugar de la presunta abducción, heridas y señales en el cuerpo de los abducidos, etc. Recordemos el caso del vigilante nocturno Fortunatto Zanfretta. Fortunatto es lo que, en pocas palabras, podría considerarse el «prototipo» del abducido: joven, sano, equilibrado, de alto coeficiente intelectual, sencillo y abierto. Y quizá sea quien bata el récord de abducciones: seis veces, por los seres gigantescos que él califica de «horrendos».

 La abducción se iniciaba, para Fortunatto, con un silbido agudo que sentía en el interior de la cabeza, acompañado de una fuerte queja. Acto seguido perdía el control de su vehículo, un automóvil provisto de radio, y era llevado a lo alto del Monte Marzano en un tiempo sorprendentemente corto. Para comprobar si el coche había sido llevado por el aire, los compañeros de Zanfretta, pertenecientes –como él mismo– a la empresa de seguridad genovesa «Val Bisagno», colocaron cuatro alambres en las cuatro ruedas de un nuevo vehículo que prepararon para Zanfretta –sin que éste lo supiese–; estos alambres unían las ruedas al chasis, y se romperían ineludiblemente si el vehículo fuese alzado materialmente.

Cuando Zanfretta comunicó angustiado por radio que había perdido el control del coche y que «se lo llevaban», sus compañeros partieron aquella noche en su busca encontrándolo, como siempre, en lo alto del Monte Marzano, desvanecido, con el rostro congestionado. Además, como también sucedió las veces anteriores, el techo de su vehículo estaba ardiendo –pese a que la temperatura invernal ambiente era de un grado sobre cero– y... los cuatro alambres que habían colocado previamente los desconfiados compañeros de Zanfretta, aparecieron rotos..

Además de estas incuestionables pruebas circunstanciales de la realidad de la abducción, no faltan investigadores como Am Druffel o el propio Hopkins que están trabajando sobre «pruebas» más sutiles, destinadas a demostrar que la coherencia interna entre relatos de abducción acontecidos en puntos muy distantes del planeta, es abrumadora. Hopkins aseguraba que «actualmente estoy trabajando en una serie de símbolos muy particulares que estos sujetos (los abducidos) han visto dentro de las naves, y que los abducidos ven una y otra vez. Son idénticos en casos y casos. Mantengo esto en secreto –añade–, porque resulta un trabajo fácil comprobar esos símbolos con los de nuevos casos».




Tiempo Perdido:

Una de las constantes marcadas dentro del fenómeno de las abducciones es el hecho de que las personas que viven uno de estos episodios sólo los recuerdan fragmentariamente, como si o bien los secuestradores presuntamente extraterrestres les hubieran borrado la memoria consciente del hecho, o como si –más razonable aún– el propio cerebro del testigo ante el trauma que supone una experiencia de este tipo, hubiera decidido «olvidar» esos angustiosos momentos y alejarlos –a modo de mecanismo de protección– de la consciencia del abducido.

El investigador español Antonio Ribera a este respecto, en su obra Secuestrado por Extraterrestres (1981), escribe: «Los sujetos, por lo general, recuerdan el principio y el final del episodio, pero la parte central del mismo –la más importante– ha sido borrada de su mente consciente. Este "borrado" ha sido hecho sin duda mediante la hipnosis: se les ha impuesto un bloqueo para que no recuerden unas experiencias, que en ocasiones podrían resultar muy traumáticas».

A esta constante abduccionista que, en ocasiones, ha servido incluso para detectar nuevos casos de abducción en los que lo único que recordaba el testigo era tener un importante lapso de tiempo de su vida «desaparecido», se le ha bautizado como «Tiempo Perdido». El responsable de esta denominación fue el ufólogo neoyorquino Budd Hopkins quien, gracias a su obra Missing Time (1981), popularizó el término y provocó que miles de lectores suyos acabasen reflexionando sobre la posibilidad de haber sufrido ellos mismos una experiencia similar a la de los siete casos que Hopkins describe minuciosamente en su obra. «Son historias –dice la propia publicidad de este libro– que pueden sucederle a cualquiera: a sus vecinos, a sus seres queridos, e incluso a usted».

Hopkins señala a lo largo de su obra, –además, una serie de constantes que se repiten sistemáticamente en los casos de abducción, y que pueden servir como pistas para descubrir uno de estos episodios y trabajar –gracias a las sesiones de regresión hipnótica– en recuperar esas memorias perdidas. Estas pistas indican que junto a la sensación de «tiempo perdido» suelen aparecer extrañas cicatrices (generalmente pequeños cráteres en la piel, de forma circular), e incluso la aparición súbita de extrañas fobias irracionales, a ciertos animales como los arácnidos que –a decir de Hopkins–, pueden recordar sutilmente a la memoria inconsciente del abducido la forma y aspecto de los extraterrestres que han secuestrado con anterioridad al testigo.

Ribera, al analizar todo este tipo de constantes, acaba concluyendo en su obra mencionada con una reflexión reveladora: «En los parques naturales y reservas africanas se deja inconsciente a los animales mediante un dardo narcótico. Entonces se les examina, se les toman muestras de sangre, de pelo, y se les hacen mediciones. Luego se les marca y se les deja de nuevo en "libertad". (Si esto es libertad). ¿Y si se hiciera algo parecido con los abducidos humanos? ¿Y sí se les marcase con una marca invisible –o incomprensible– para nosotros?»

lunes, 10 de mayo de 2010

Manuscrito Voynich: Un Código Por Descifrar ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡


¿Quién fue el autor del misterioso manuscrito Voynich? En los años veinte alguien pareció haber dado con la solución, pero hay que preguntarse si el manuscrito reveló verdaderamente sus secretos.

Muy pocas personas dudaron del profesor Newbold cuando, en 1921, anunció que el misterioso manuscrito Voynich era un tratado escrito por el filósofo y científico del siglo XIII Roger Bacon, y que contenía información científica avanzada enmascarada por un complejo código que Newbold pretendía haber descifrado. Sin embargo, 10 años después un antiguo colega suyo, el profesor John Manly, publicó una crítica que demostraba que sus argumentos dejaban mucho que desear.

La primera objeción de Manly se refería al proceso «anagrámico» seguido por Newbold para llegar a su texto final en latín. Resaltó que a partir de cualquier línea podía obtenerse diversos anagramas, cada uno con un significado distinto, violando con ello la regla de oro según la cual sólo puede admitirse una solución para un pasaje dado.

La construcción de anagramas es un pasatiempo antiguo; así, por ejemplo, el saludo del ángel a la Virgen María en la Anunciación expresado en latín (Ave Maria, gratia plena, Dominus tecum) constituyó desde antiguo para los estudiantes una fuente de devotos juegos con anagramas. A pesar de contener únicamente 31 letras, la frase permitió obtener, por una parte, 3.100 anagramas en prosa y un poema acróstico; por otra, 1.500 versos pentámetros y hexámetros, y por otra, una Vida de la Virgen compuesta en 27 anagramas.

Por comparación, Newbold «anagramó» el supuesto texto de Bacon en bloques de 55 o 110 letras, dando pie con ello a miles de posibles traducciones. Sin embargo, Manly se preguntó si Newbold se hallaba de verdad en el buen camino. Al examinar el texto por medio de una lupa, no consiguió ver el manuscrito secundario en «taquigrafía» que Newbold había visto; lo único que vio fue que el pergamino se había rajado y dañado con el tiempo, desfigurando los caracteres en tinta primitivos y originando pequeñas líneas y garabatos.

En cuanto a las pruebas tipo, entre ellas la de la nebulosa de Andrómeda, de la que Newbold pretendía no saber nada hasta que leyó el texto de Voynich: sin poner en duda la honestidad del profesor, Manly sugirió que, siendo como era un gran lector, seguro que conocía ya la nebulosa; según él, Newbold «fue víctima de su propio e intenso entusiasmo y de su cultivado e ingenioso subconsciente».

El trabajo era concluyente. «En verdad, no sabemos cuándo ni dónde fue escrito el manuscrito, ni siquiera el lenguaje de base del cifrado –escribió Manly–. Cuando se apliquen las hipótesis correctas, quizás descubramos que el código es simple y sencillo.»










Un Gran Desafío

Una vez apagados los ecos de las declaraciones de Manly, el tema no volvió a suscitarse durante muchos años. Sin embargo, muchos especialistas continuaron trabajando privadamente con el manuscrito (considerado, con razón, como el mayor desafío al que jamás se habían enfrentado). En 1943 un abogado de Nueva York se atrevió a proponer una solución, un confuso texto en latín lleno de incongruencias. Dos años después un destacado investigador del cáncer, el doctor Leonell C. Strong, creyendo quizás que su reputación en el campo profesional era suficientemente sólida como para afrontar los mayores reveses académicos, pretendió haber transcrito con éxito ciertos pasajes médicos.

Anunció que no se trataba de una obra de Bacon, sino de Roger Ascham, contemporáneo del doctor John Dee que había sido tutor y secretario privado de la joven reina Isabel I. Al igual que muchos estudiosos de su edad, Ascham estuvo interesado en varios temas, y publicó varias traducciones de obras clásicas, un tratado sobre educación y un manual que explicaba y defendía la práctica del tiro al arco, por entonces en trance de desaparecer.

Según el doctor Strong, en uno de los pasajes del manuscrito Voynich Ascham describe una fórmula anticonceptiva que, como demostró el propio doctor Strong, puede resultar eficaz. Sin embargo, el doctor no explicó nada sobre sus métodos criptográficos, limitándose a decir que se trataba de «un doble método inverso de progresiones aritméticas basadas en un alfabeto múltiple». En cualquier caso, varias de las afirmaciones del doctor Strong referentes al estilo lingüístico de Ascham no soportan el examen de un experto.

Una Dimensión Insólita

Probablemente el esfuerzo más prometedor para encontrar una solución se inició en 1944, de la mano de un antiguo discípulo del profesor Manly, el capitán William F. Friedman, militar especializado en el desciframiento de códigos que había contribuido a derrumbar la teoría de Newbold. El capitán Friedman dedicó parte de su gran equipo de expertos a la tarea de resolver el antiguo misterio.

Después de muchas horas de trabajo lograron reducir el texto a unas series de símbolos que podían ser tratados por máquinas tabuladoras, pero abandonaron su trabajo (dejándolo incabado) al finalizar la guerra. Un resultado curioso, sin embargo, fue que el equipo de Friedman logró demostrar que las palabras y frases del manuscrito se repetían más a menudo que las de un lenguaje corriente: esto era algo insólito, puesto que los sistemas de cifrado suelen pecar de lo contrario.

Una teoría que pretendía explicar este fenómeno se basaba en que el libro era un herbario, tal como se había sugerido en un principio, y que las repeticiones eran fórmulas químicas (al igual que en los modernos libros de texto de medicina, donde las fórmulas se repiten con gran frecuencia).

Al morir Wilfred Voynich en 1930, su principal heredero fue su mujer, Ethel Lillian. Ethel L. Voynich era una mujer muy independiente y de carácter enérgico; en 1897 había publicado una novela romántica sobre el movimiento de la Joven Italia titulado The gadfly (El tábano), que se convirtió en un bestseller mundial, especialmente en la Rusia postrevolucionaria. (Antes de su muerte se habían vendido en aquel país más de 2.500. 000 de ejemplares.) En realidad, a ella no le interesaba la polémica sobre la «controversia Voynich», y guardó el manuscrito en su caja fuerte de la Guaranty Trust Company de Nueva York. Cuando murió en 1960, a la edad de 96 años, sus albaceas subastaron sus bienes, y el manuscrito fue adquirido por otro librero de Nueva York llamado Hans P. Kraus. Dos años después, Kraus ponía en venta el libro al precio de 160.000 dólares.

Paralelamente declaró que había comprado el libro convencido de que «contiene información que puede arrojar luz sobre la historia del hombre. Cuando alguien sea capaz de leerlo, este libro valdrá un millón de dólares».

La respuesta de varias fundaciones literarias y académicas americanas ante estas afirmaciones fue sumamente ambigua. Por otro lado, es posible que se trate únicamente de un herbario, elaborado por un autor de la baja Edad Media que no sabía muy bien lo que se llevaba entre manos, y que inventó un código secreto del que luego no supo acordarse.

En 1969, Hans Kraus hizo donación del libro a la biblioteca de la Universidad de Yale, donde permanece aún guardando su secreto.

Sólo Para Sus Ojos

El uso de cifrados y claves estaba muy extendido en siglos pasados, y no siempre por razones de secreto militar o diplomático. Es posible que el manuscrito Voynich estuviese escrito en clave para escapar a las virtuales acusaciones de brujería achacables a los avanzados conocimientos científicos que contenía. Quizás el ejemplo más famoso de este tipo de manuscrito críptico sea uno cuya clave respondería a motivaciones muy distintas: los diarios del literato y administrador naval inglés del siglo XVII, Samuel Pepys.

En 1724, de acuerdo con la última voluntad de Pepys, los diarios fueron depositados en su antiguo College de Cambridge, donde permanecieron indescifrados hasta su redescubrimiento en 1818. El trabajo de desciframiento fue encargado a un estudiante no graduado llamado John Smith. Este tardó tres años en descifrar el código y transcribir el manuscrito, dedicando a esta tarea hasta 12 y 14 horas diarias. Finalmente, el resultado fue publicado en 1825, revelando un pintoresco y escandaloso fresco de la vida de Londres durante la época de la Restauración.

Sin embargo, la última burla recayó sobre el pobre John Smith. Cuando en los años 1870 se preparó una nueva edición de los diarios, se descubrió que si el transcriptor hubiese conocido mejor la biblioteca en la que trabajaba no hubiese tenido tantas dificultades en encontrar la solución. En efecto, Pepys se basó simplemente en una especie de taquigrafía cuya clave se utilizaba comúnmente en aquella misma biblioteca.


Los increibles casos de Humanoides Alados


Una y otra vez, testigos fiables han visto aterradores humanoides alados, tanto en tierra como en pleno vuelo. Estas visiones misteriosas resultan sumamente intrigantes.

Las historias de aves enormes que han arrebatado niños son aterradoramente verosímiles, pero las visiones de criaturas semejantes a pterodáctilos exigen ya a la credibilidad un esfuerzo mucho mayor. Los casos que vamos a describir serían descartados por una gran mayoría como totalmente increíbles, ya que se trata de historias fantásticas de seres de aspecto humano provistos de alas. No obstante, han sido narrados por personas corrientes, sinceras.

El 18 de setiembre de 1877, en los Estados Unidos, fue visto un ser humano alado sobre Brooklyn, Nueva York. No se dispone más que de unos pocos detalles, pero una figura similar fue observada en setiembre de 1880, no muy lejos, exactamente en Coney Island.

Las visiones de humanoides alados parecen estar más ampliamente distribuidas alrededor del globo que las de aves gigantescas y supuestos pterodáctilos. El siguiente informe nos llega desde Vladivostok, en el extremo mas oriental de la URSS.

El 11 de julio de 1908, un hombre que caminaba por las montañas Sijoté-Alin vio lo que parecía ser una huella de pie humano en el camino. Su perro empezó a actuar de forma extraña, y oyó cómo algo rebullía entre las matas. Al cabo de varios minutos, el caminante, V. K. Arseniev, arrojó una piedra hacia la criatura invisible, e inmediatamente oyó el ruido de un batir de alas y vio que algo "grande y oscuro" volaba hacia el río. Por desgracia, no pudo obtener más detalles a causa de la niebla. Más tarde, cuando Arseniev explicó a sus vecinos lo que había ocurrido, éstos identificaron la criatura como "un hombre que podía volar por el aire", caso bien conocido entre los cazadores de la región.

Un matrimonio brasileño, los Real, tuvieron una visión más clara de estos seres alados. A principios de la década de 1950, caminaban una noche por un bosque cercano al mar, en la localidad de Pelotas, situada en el estado de Río Grande do Sul, cuando advirtieron la presencia de "dos aves" gigantescas en los árboles. Al acercarse más, las "aves" bajaron al suelo, y la sorprendida pareja comprobó que las criaturas medían 1,8 m de altura aproximadamente, y que tenían una apariencia humana. Estaban agazapadas en el suelo como si observaran a los caminantes.

Desde Houston (Texas, Estados Unidos) nos llega un extraño informe que describe una visión todavía más clara. La noche del 18 de junio de 1953 fue calurosa, y tres vecinos se sentaron en el porche delantero de una casa de apartamentos, al anochecer.

La señora Hilda Walker explicó más tarde: Estábamos charlando, cuando levanté la vista y a unos 7 u 8 metros de distancia vi una sombra enorme sobre el césped. Pensé al principio que se trataba del reflejo ampliado de una gran polilla iluminada por un farol cercano. Entonces la sombra pareció dar un salto hacia arriba en dirección a un árbol... pude verle claramente y advertir que tenía unas grandes alas dobladas junto a los hombros. A su alrededor había una luz tenue y grisácea.

La sombra fue vista también por Howard Phillips y Judy Meyers, quienes la describieron como una "figura de hombre con alas semejantes a las de un murciélago. Llevaba una ropa muy ceñida, de color gris o negro. Estuvo allí de pie unos 30 segundos, balanceándose en la rama del viejo árbol. De pronto, la luz empezó a desvanecerse poco a poco". Estuvieron de acuerdo también en que media unos 2 metros de altura y llevaba una capa negra, pantalones muy ajustados y botas de media caña.

Al desvanecerse la luz, pareció como si la figura también desapareciera con un fuerte ruido siseante.

¿Primera Visión De Un Hombre-Polilla?. El Mothman

No tan visible, pero con una forma humana bien definida, fue la figura que se plantó en medio de una carretera, frente a una mujer que acompañaba a su padre en West Virginia (Estados Unidos) en 1960 o 1961. Al acercarse, la mujer redujo la marcha de su coche. Los dos atemorizados testigos pudieron ver que la figura era mucho mayor que la de un hombre.

La conductora del coche explicó lo que sucedió a continuación: A su espalda se desplegaron unas alas que prácticamente llenaron toda la carretera. Casi parecía un pequeño avión. Entonces despegó rápidamente... desapareciendo de nuestra vista en pocos segundos. Los dos nos quedamos aterrorizados. Pisé el acelerador y me apresuré a alejarme de allí. Hablamos de lo sucedido y decidimos no contarle nada a nadie. ¿Quién iba a creernos?

Es verdad, ¿quién? Aunque ella no lo supiera, esta mujer fue probablemente la primera persona que vio a un ser alado al que más tarde se apodó el "hombre-polilla" (Mothman), y que a finales de 1966 realizó frecuentes apariciones en una zona de West Virginia llamada Point Pleasant. Los primeros que vieron al ser fueron dos matrimonios jóvenes, los señores Scarberry y Mallette.

El 15 de noviembre, ya entrada la noche, atravesaban en automóvil la "zona TNT", donde había una fábrica de explosivos utilizada en tiempo de guerra y ya abandonada. Al pasar ante una antigua central eléctrica, observaron en la oscuridad dos círculos de un color rojo brillante, que parecían ojos. Al moverse los círculos, las dos parejas pudieron ver una figura de forma humana, de una altura entre 1,8 y 2 metros, de color grisáceo y con grandes alas. Se desplazaba caminando sobre dos piernas.

Roger Scarberry, que iba al volante, describió un brusco viraje con el coche para alejarse de allí, cosa que hicieron a considerable velocidad. Sin embargo, pudieron ver a la criatura, o a otro ser similar, de pie junto a la carretera; al pasar ellos, la criatura desplegó sus alas de murciélago e inició su persecución. Aunque aceleraron hasta alcanzar los 160 km/h, el "ave" se mantuvo a su altura... sin batir las alas. La señora Mallette lo oyó chillar "como un gran ratón". Cuando explicaron su experiencia en la oficina del sheriff, éste pudo comprobar que estaban aterrorizados y les acompañó hasta la zona TNT, pero no vieron ningún hecho extraño.

Esta historia fue objeto de publicidad, y Point Pleasant se convirtió inmediatamente en foco de atención para los cazadores de monstruos. Hombres armados registraron la zona TNT, pero no encontraron a su presa. Sin embargo, el hombre-polilla seguía merodeando por allí, ya que el 16 de noviembre, al atardecer, se apareció a la señora Marcella Bennett, que se disponía a visitar a unos amigos que vivían en la zona. Estaba sentada en su coche estacionado cuando advirtió la presencia de una figura en la semioscuridad. "Le pareció como si hubiese estado tendido en el suelo.

Se levantó lentamente. Era una cosa enorme y gris. Mayor que un hombre. Con unos terribles ojos resplandecientes y rojos." Al igual que las dos parejas la noche anterior, la señora Bennett se sintió hipnotizada por los rojos ojos del hombre-polilla. Mientras ella lo miraba, un amigo la cogió, junto con su hija de corta edad, y las arrastró hacia su casa.

Durante los días siguientes, numerosas personas vieron al hombre-polilla.., o creyeron haberlo visto. Nunca sabremos cuántas de estas visiones fueron causadas por el "contagio" de las historias publicadas por la prensa. El escritor John Keel se trasladó a la zona de Point Pleasant para investigar por su cuenta y, entre las diversas informaciones que reunió, estableció que el hombre-polilla medía entre 1,5 y 2 metros de altura, que era de color gris o pardo, y con forma humana pero sin brazos ni cabeza. Tenía unos ojos rojos, brillantes y luminosos, allí donde se encuentran los hombros de una persona normal. Las alas se plegaban hacia atrás, y su envergadura era de unos 3 metros. La mayoría de estas visiones tuvieron lugar en noviembre y diciembre de 1966, y seguidamente el hombre-polilla desapareció.

El Hombre-Búho De Cornualles

A veces, como en esta información, las visiones han sido individuales, es decir, el misterioso ser alado ha desaparecido después como si jamás hubiera existido. Y otras veces, como ocurrió en West Virginia en 1966, se han producido visiones repetidas en una zona reducida, pero sin dejar ninguna pista real acerca de la naturaleza de la aparición. Tal vez la serie más extraña de informes sobre "cosas aladas" es la referente al "hombre-búho", visto en Cornualles (Inglaterra) en 1976 y 1978 alrededor de Mawnan.

Fue visto por primera vez el 17 de abril de 1976, planeando sobre la torre de la iglesia, por June Melling (de 12 años) y su hermana Vicky (9 años). June describió y dibujó un hombre pájaro provisto de plumas. Pasaron casi tres meses antes de la segunda visión, que tuvo lugar el 3 de julio. De nuevo los testigos fueron niños: Sally Chapman y Barbara Perry, ambas de 14 años. Habían acampado en el bosque y alrededor de las 10 de la noche se dieron cuenta de que no estaban solas. Oyeron un extraño siseo y después vieron una figura cerca de ellas, entre los pinos. Sally la describió: Era como un gran búho con orejas puntiagudas, tan grande como un hombre.

Los ojos eran rojos y brillantes. Al principio creí que alguien se había disfrazado para gastarnos una broma, con la intención de asustarnos. Me eché a reír, y mi amiga también, pero después se elevó en el aire y las dos chillamos. Cuando despegó, pudimos ver que sus pies eran como pinzas.

Barbara añadió: "es verdad. Era horrible, con una fea cara como la de un búho, con orejas muy grandes y ojos también muy grandes y rojos. Iba cubierto de plumas grises. Las garras eran negras. Se elevó repentinamente y desapareció entre las copas de los árboles."

Al día siguiente, 4 de julio, otra jovencita, Jane Greenwood, junto con su hermana, vio al hombre-búho. Jane describió lo que había visto en una carta dirigida al periódico local: Fue el domingo por la mañana, entre los árboles cerca de Mawnan Church, sobre la playa rocosa. Estaba de pie entre los árboles, como un hombre adulto, pero con las patas dobladas hacia atrás como las de un ave. Nos vio y rápidamente saltó y se elevó entre los árboles.

Mi hermana y yo lo vimos claramente antes de que se elevase. Tiene unos ojos oblicuos y rojos, y una boca muy grande. Las plumas son de un gris plateado, así como su cuerpo y sus patas. Sus pies son como grandes pinzas negras de cangrejo.

En aquel momento nos asustamos mucho. Era todo muy extraño, como en una película de terror. Después de alzarse la cosa, durante largo tiempo hubo ruidos y crujidos en el árbol

Más tarde, aquel mismo día, hablamos con varias personas en el campamento, quienes dijeron que habían visto el sábado el Monstruo de Morgawr, cuando nadaban provistas de escafandras y tubos de respiración en el río, más abajo de donde nosotras vimos al hombre pájaro. Lo vieron desde debajo del agua y dijeron que era enorme y que tenía forma de lagarto.

Al hablar del "Monstruo de Morgawr", se refiere a un monstruo marino al que también se vio regularmente en Falmouth Bay a lo largo de 1976. También fueron vistos en esta zona varios OVNIS, y en 1976 Falmouth Bay era el mejor lugar al que uno podía acudir en busca de experiencias extrañas.

Después de julio de 1976, parece ser que el hombre-búho no reapareció hasta junio de 1978. A principios de este mes, una joven de 16 años vio "un monstruo, como un diablo, volando a través de los árboles cerca de la vieja iglesia de Mawnan". El 2 de agosto, tres niñas francesas lo vieron también cerca de la iglesia. Las asustó algo "muy grande, como un gran pájaro peludo". Era blanco, con una "boca enorme y grandes ojos rojos".

¿Por qué ocurren a la vez tan extraños acontecimientos en ciertos puntos del globo? Si alguna forma de energía, conocida o desconocida, se halla en la génesis de estos extraños sucesos, parecería como si tendiera a concentrarse en zonas limitadas y en momentos específicos. El resultado es un rebrote en las visiones de monstruos y OVNIS, y un incremento en sucesos extraños de toda índole.

Indudablemente, alguien volverá a ver extrañas criaturas aladas, pero, tal como ocurre con los OVNIS y con los hombres-bestia, parece improbable que consigamos pistas físicas e indiscutibles, como tampoco, probablemente, podremos contar con ningún cadáver que estudiar. Estos fenómenos parecen querer evitar todos nuestros esfuerzos investigadores.

El enigmatico mundo de los Vampiros


Acaso todas las historias de vampiros son sólo materia de pesadillas o de películas de terror? Existen pruebas de que el miedo a los vampiros es hoy tan real como lo ha sido siempre.

A primera vista, la creencia en vampiros parece ser la más descabellada de todas las supersticiones. Los fantasmas, e incluso los hombres-lobo, parecen relativamente racionales comparados con la idea de unos cadáveres que abandonan sus ataúdes por la noche para chupar la sangre de los vivos; sin embargo, las leyendas en torno al vampirismo han persistido desde tiempos inmemoriales, y todavía hay quien la sustenta hoy.

El problema que rodea las leyendas y creencias relacionadas con los vampiros estriba en separar la fantasía -para algunos eso es todo lo que hay en ellas- de la verdad. A una persona racional se le puede disculpar el que contemple la búsqueda de «vampiros auténticos» con un escepticismo más que considerable, puesto que, ¿cómo pueden existir semejantes criaturas? ¿No serán tan sólo fruto de la imaginación?

No obstante, hay noticias de que en la Europa oriental, en el siglo XVIII, el vampirismo había alcanzado unas proporciones casi epidémicas. La documentación al respecto es tan detallada, y entre los testigos figuran personas tan dignas de crédito (como clérigos y médicos), que parece imposible que todas ellas estuvieran equivocadas. Sin embargo, el escéptico puede alegar aquí que cabe que los clérigos del siglo XVIII hubieran dicho la verdad, sí, tal como la veían ellos, pero que esta verdad se hubiera visto lamentablemente mezclada con el miedo, la superstición y la ignorancia.

Y antes de relegar a los vampiros a la categoría de reliquia del oscurantismo, tal vez deberíamos considerar la moderna controversia sobre lo que constituye el estado de la muerte. Si, con los equipos técnicos más avanzados a nuestra disposición, todavía no podemos ponernos de acuerdo en cuanto al momento preciso de la muerte, tal vez no convenga pasar por alto estas noticias sobre los vampiros que nos llegan con una antigüedad de 200 años.

Según los informes de que se dispone, Austria, Hungría, Yugoslavia y Rumania (que estaba entonces dividida en los tres estados separados de Valaquia, Moldavia y Transilvania) se vieron particularmente infestadas por el vampirismo en los siglos XVI, XVII y XVIII. Éste constituyó un problema que implicó a centenares de testigos oculares, pertenecientes a todas las capas de la sociedad. Un cirujano, llamado para investigar una serie de casos, escribió: «El vampirismo... se propagó como una pestilencia a través de Eslavia y Valaquia, causando numerosas muertes y trastornando todo el país con el temor a los misteriosos visitantes contra los cuales nadie podía sentirse seguro.»

La mayoría de los casos descritos en estas regiones y en dicha época presentaban rasgos comunes; un relato clásico es el que cita a una delegación que salió de Belgrado en 1732 para investigar el caso del supuesto vampiro que, al parecer, atacaba sistemáticamente a los miembros de una familia en una aldea remota. Cuando los funcionarios investigadores llegaron allí -entre ellos figuraban hombres de tanta importancia como el fiscal público- se les dijo que un aldeano, que había fallecido tres años antes, había regresado como vampiro para aterrorizar a su propia familia. Había matado ya a tres sobrinas y un sobrino desangrándolos por completo, y hubiera dado muerte a su quinta víctima -otra sobrina, bellísima- de no haber sido interrumpido en su tarea y obligado a huir en las tinieblas de la noche.

Los delegados oficiales y los supervivientes de la aterrorizada familia se reunieron alrededor del «vampiro» al caer la oscuridad. Cuando abrieron el ataúd, encontraron lo que, según todas las apariencias exteriores, era un hombre dormido (o tal vez inconsciente). Debiera haberse descompuesto mucho tiempo antes, pero lo cierto es que parecía tan rebosante de salud como cualquiera de los que contemplaban su tumba. Tenía los cabellos y las uñas largas, los ojos entreabiertos, y su corazón todavía latía.

De acuerdo con la norma tradicional, el corazón del «no muerto» fue atravesado con una barra de hierro aguzada en un extremo. Brotó una mezcla horrible de líquido blanco y de lo que parecía ser sangre fresca, pero era preciso terminar el trabajo y, por tanto, cortaron su cabeza con un hacha y sepultaron aquellos restos macabros en una fosa llena de cal viva.

Según otra historia de vampiros, ambientada en el mismo lugar y en la misma época, un joven soldado húngaro, que se alojó en una granja de la localidad, se sintió trastornado ante la reacción de la familia propietaria de la misma cuando una noche, durante la cena, llegó un anciano y se sentó a comer con ellos. Tocó el hombro del granjero, y toda la familia dio muestras del más vivo terror. Al día siguiente explicaron al soldado los motivos de su actitud.

Dijeron que durante aquella noche el granjero había muerto a causa, según ellos, del anciano que le había rozado; el anciano en cuestión era el padre del granjero, y llevaba más de diez años muerto. La desconsolada familia insistió en que no se trataba de un mero fantasma, sino de un vampiro. Impresionado por lo que había visto y oído, el soldado explicó el caso al jefe de su regimiento, el cual ordenó que se abriera la tumba del anciano. El siniestro visitante de la noche anterior yacía allí como si acabara de morir, pero sus venas contenían sangre «como la de un hombre vivo». Le fue cortada la cabeza y se dejó que su cadáver descansara, esa vez para siempre.

Una Cura Mortal

Aunque la lucha contra el vampirismo variaba en ciertos detalles según los lugares, siempre era drástica, y no podía ser realizada por personas medrosas. La técnica favorita consistía en clavar una estaca de madera o de hierro en el corazón del supuesto vampiro (método también utilizado en Gran Bretaña para impedir que los espectros de los suicidas vagaran por la noche). Con frecuencia, el vampiro así tratado despedía un hedor repugnante, cosa que nada tiene de sorprendente, y en un caso se describió un cadáver que «se hinchó como una gran sanguijuela a punto de reventar».

Los procesos normales de descomposición, con los que muchos lectores modernos distan de estar familiarizados, justificarían a la vez el olor insoportable y esta hinchazón grotesca, pero los campesinos supersticiosos, aterrorizados como estaban, no se detenían a considerar este hecho cuando se trataba de eliminar por medios expeditivos al «vampiro». Otro informe manifiesta que «brotaba en cantidad una sangre fresca y de color escarlata, por la nariz, la boca y cierta parte del cuerpo que la decencia impide nombrar». Sin embargo, los que están familiarizados con los efectos físicos de la muerte -enfermeras, personal de las empresas funerarias y verdugos, entre otros- saben perfectamente que estas emisiones no son raras cuando se relajan los músculos después de la muerte, tanto antes de que se instaure el rigor mortis como al dejar éste de ejercer sus efectos. Con muy raras excepciones, los cadáveres se descomponen, pero no todos los cadáveres no descompuestos son vampiros.

Existen, sin embargo, detalles curiosos que parecen indicar que ciertos relatos referentes a los vampiros señalan hechos anormales y que merece la pena investigar. Se ha dicho que uno de los «no muertos» lloró y gritó con rabia cuando le fue clavada la estaca. Esto hubiera sido ciertamente notable de haber estado el hombre verdaderamente muerto, pero no resultaría tan extraño si hubiera sido enterrado vivo aunque todo pareciera indicar su muerte, es decir, en estado de catalepsia. Y parece ser que algunas de estas historias han exagerado el tiempo que llevaba el «vampiro» muerto y enterrado, como veremos seguidamente.

En 1746, el monje francés dom Calmet, una de las primeras autoridades en vampirismo, trató de mantener una actitud objetiva en su búsqueda de la verdad. Y esta verdad no siempre resultaba fácil de discernir bajo el peso de numerosas supersticiones y de unos relatos más que confusos por parte de los testigos. No obstante, se vio obligado a admitir:

Se nos dice que los muertos vuelven desde sus tumbas, que se les oye hablar, que caminan, que atacan a hombres y animales cuya sangre arrebatan, haciéndoles enfermar y causando finalmente su muerte. Y la gente no puede librarse de ellos hasta que exhuman los cadáveres y atraviesan sus cuerpos con una estaca bien aguzada, o les cortan la cabeza, les arrancan el corazón, o queman los cadáveres hasta reducirlos a ceniza. Parece imposible no suscribir la creencia predominante según la cual estas apariciones proceden en realidad de sus tumbas.

Con todo, no es ésta una afirmación que soporte un examen minucioso. El relato de dom Calmet no es el de un testigo ocular, y su susceptibilidad ante la «creencia predominante» de su época hubiera podido convertirle en un cazador de brujas, un nazi o cualquier otro tipo de fanático sin la menor exigencia intelectual.

Sin embargo, el gran filósofo francés Jean Jacques Rousseau fue mucho más allá al afirmar audazmente: «Si hubo alguna vez en el mundo un hecho garantizado y probado, es el de los vampiros. No falta nada: informes oficiales, testimonios de personas de alta categoría, de cirujanos, de religiosos y de jueces; las pruebas judiciales son abrumadoras.»

Con todo el debido respeto a un gran hombre, Rousseau muestra mayor fe en las «personas de alta categoría» que en los vampiros. Y no es verdad -al menos en su declaración- que «no falte nada»; ciertamente abundan las pruebas a favor, pero Rousseau no podía tratar con tanta ligereza el tema del vampirismo.

La Superstición Predominante

El clérigo británico Montague Summers, autor de textos sobre ocultismo, erró por el otro extremo, el del escepticismo, al asegurar que «en Rumania encontramos reunidas, alrededor del vampiro, casi todas las creencias y supersticiones que prevalecen en toda la Europa oriental».

Pero a finales del siglo XX se encuentran todavía personas que creen en los vampiros como seres reales y sobrenaturales. El reverendo Neil Smith, conocido exorcista de Hampstead, en Londres, cree que incluso en la populosa capital existen vampiros.

Según él, son mitad animal y mitad ser humano, y absolutamente malignos. Descarta la idea de que los ataques de los vampiros sean todos «fruto de la mente» de la supuesta víctima, y cita lo que para él constituye una prueba indiscutible de su existencia, pues asegura haber intervenido personalmente en varios casos de vampirismo. Una víctima le enseñó «las marcas en sus muñecas, que aparecían la noche en que le era extraída sangre, marcas casi iguales que las realizadas por los arañazos de un animal». Niega con vehemencia que estas marcas pudieran haber sido infligidas por la misma víctima, y cita otro ejemplo de un hombre en Sudamérica, que presentaba un fenómeno similar, «como si un animal le hubiera atacado y chupado la sangre».

Y desde luego, no sólo los vampiros atacan a los seres humanos. A juzgar por un número creciente de pruebas, también lo hacen los poltergeists, los humanoides y otros fenómenos semejantes. Tal vez los vampiros sean «reales» en el sentido de que proceden de otro tiempo o lugar, de otra dimensión; tal vez sean en parte carne y en parte materialización. Sabemos tan poco acerca de lo paranormal, que literalmente cualquier cosa puede resultar posible. No obstante, unos cuantos rasgos característicos, relacionados con la sed de sangre que anima al vampiro, pueden aclarar algunos puntos.

Desde tiempos inmemoriales, el consumo ritual de sangre ha sido, en todo sacrificio, el elemento vital para conseguir energías y propiciar a los dioses. Para que un ser viva debe tener sangre, y la mente primitiva establecía una ecuación según la cual a más sangre correspondía más vitalidad. Los aztecas vertían sangre humana en las bocas de sus ídolos para apaciguarlos, en tanto que los rajás indios bebían sangre de las cabezas recién decapitadas a fin de hacerse con fuerzas superiores. Los antiguos chinos se comían los cerebros de los muertos más reverenciados para obtener sabiduría, y en la misma época vigilaban el cadáver antes de darle sepultura, para evitar que un perro o un gato se aproximara a él y lo mordiera, cosa que, según ellos creían, convertía al difunto en vampiro.

Los romanos, pese a sus excesos en otros aspectos, se horrorizaban al oír las historias según las cuales los cristianos, como parte de su culto, comían carne y bebían sangre. De hecho, parece probable que una ínfima minoría de los primitivos cristianos, al confundir la naturaleza simbólica de la comunión con el pan y el vino, hubiesen recurrido al canibalismo. Pero beber sangre, por más que pueda antojársenos un acto repulsivo, es algo muy diferente del vampirismo sobrenatural, y todo ello parece hallarse a años luz de nuestro «ilustrado» mundo moderno. Con todo, en fecha tan reciente como 1973, y en un escenario absolutamente insólito para tales manifestaciones, el temor atávico al vampiro provocó la muerte de un hombre.

El hecho sucedió en Stoke-on-Trent (Staffordshire, Inglaterra) en el corazón del «distrito de las cerámicas», una localidad en otro tiempo pródiga en actividades comerciales y escándalos de nuevos ricos, pero que actualmente se distingue tan sólo por una grandeza decadente y una sensación de inútil despilfarro. Por consiguiente, la hilera de lóbregas casas de estilo gótico, conocidas como «The Villas», no parece fuera de lugar en este paisaje melancólico. Pero lo que sucedió en la casa número 3 no puede considerarse en absoluto como un hecho natural.

Demetrious Myicura murió allí en circunstancias tan extrañas como espeluznantes. Poco se sabía acerca del difunto, excepto que era un inmigrante polaco que había llegado a aquella región 25 años antes, y que desde entonces había trabajado allí.

Un buen día no compareció en su puesto de trabajo, y nadie le vio durante varios días; preocupados, los vecinos avisaron a la policía. John Pye, un policía joven e inteligente, realizó una investigación. Al parecer, Myicura sentía una extraña aversión a la electricidad, ya que en su habitación habían sido eliminadas todas las bombillas. Utilizando su linterna de bolsillo, John Pye examinó el lugar. En el suelo había periódicos esparcidos por doquier, así como una vieja sartén debajo de la cama en la que yacía el muerto, semicubierto por un montón de ropas viejas y mantas deshilachadas. Completamente vestido, con una mano debajo de la cabeza y la otra reposando sobre su cintura, daba toda la impresión de estar durmiendo, excepto por el hecho de que su boca estaba completamente abierta, lo que confería a su rostro una expresión de horror.

Circunstancias Sospechosas

El informe del forense indicó que el hombre se había asfixiado al atragantarse con una cebolla en vinagreta. Por otra parte, no tiene nada de raro que la policía y los vecinos encuentren muertas a personas solitarias, algo excéntricas, que viven en un ambiente misérrimo. El incidente hubiera podido pasar prácticamente desapercibido de no haber intrigado a John Pye un par de detalles en aquella habitación caótica, detalles que ni siquiera valía la pena mencionar en los primeros momentos, porque no parecían guardar relación alguna con el fallecimiento del desdichado.

En primer lugar, la habitación había sido generosamente espolvoreada de sal. Entre las piernas de Myicura había una bolsa llena de este producto, y otra detrás de su nuca. Había también sal mezclada con orina en varios recipientes distribuidos por toda la habitación y un cuenco colocado boca abajo sobre la repisa de la ventana ocultaba una mezcla de excrementos... y ajo.

Estos curiosos y desagradables detalles recordaron a Pye algo que había oído o leído en alguna parte, y de pronto se le ocurrió lo que podían significar. Fue a la biblioteca y consultó La historia natural del vampiro de Anthony Master (1972). Sus sospechas se vieron confirmadas: la sal, la orina y el ajo constituían los elementos de un ritual antiquísimo para protegerse contra los vampiros.

Persuadió al juez de instrucción para que se examinara de nuevo la «cebolla en vinagreta», y resultó que, como John Pye había sospechado, se trataba en realidad de un diente de ajo. Myicura debía de haber sufrido terribles agonías de horror en su habitación, tan aterrorizado por los vampiros que llegaba incluso a dormir con un diente de ajo en la boca, y fue este «dispositivo protector» lo que finalmente le causó la muerte por asfixia.

Las obsesiones, especialmente entre las personas solitarias, adoptan formas diversas, y es evidente que ese hombre padecía la obsesión de los vampiros. Procedía de la Europa oriental, donde el miedo a los «no muertos» todavía es corriente; vivía solo, y bien cabe la posibilidad de que su mente estuviera desequilibrada.

Pero, aunque nadie sabrá nunca si estas abominables criaturas fueron alucinaciones o proyecciones de su mente, o bien la fantasía de un enfermo, el terror que inspiraban era real. Por tanto, no es erróneo decir que finalmente fueron los vampiros quienes acabaron con él.

¿Existieron o no los Licántropos?


Son muy abundantes las historias de personas que afirman ser hombres-lobo, y que se comportan de modo salvaje y bestial, conservando sin embargo su aspecto humano. Este tipo de locura se da todavía hoy en día. ¿O se trata de una raza diferente?

La mayoría de las personas se imaginan que un hombre-lobo es un hombre-bestia extremadamente peludo y feroz que camina sobre dos patas, gruñe, echa espuma por la boca y está provisto de dos largos y sucios colmillos. Naturalmente ésta es la imagen familiar que nos ofrecen las clásicas películas de terror; sin embargo, esta imagen resulta imprecisa en todos sus aspectos.

La historia y la mitología son muy claras cuando nos describen la transformación de un hombre en un hombre-lobo, muy parecido a un lobo natural, excepto por ser un poco más grande que las especies salvajes.

Los que no están muy familiarizados con la cuestión, tienden también a comparar los hombres-lobo con los licántropos, y hablan de ellos como si se tratase de una misma cosa. Sin embargo no lo son.

Un licántropo es un enfermo mental que cree haber asumido el aspecto, voz y comportamiento de un lobo, a pesar de que realmente no haya sufrido ninguna transformación física. En los siglos XV y XVI se creía que el pelo del lobo crecía debajo de la piel, por lo que muchos licántropos dieron esta explicación cuando se les preguntaba por qué, si efectivamente eran lobos, tenían todavía el mismo aspecto de una persona.

Un hombre-lobo, en cambio, es tradicionalmente un hombre que, por efectos de magia o por propensión natural, posee la habilidad de transformar su aspecto en el de un lobo. Todas las características típicas de aquel animal -la ferocidad, la fuerza, la astucia y la rapidez son en ellos claramente manifiestas, para horror de todos aquellos que se cruzan en su camino. Puede permanecer con su aspecto animal únicamente por espacio de unas cuantas horas, o bien permanentemente.

Cuando Peter Stump, un famoso «hombre-lobo» alemán que sufrió una terrible muerte cerca de Colonia en 1589, confesó que poseía poderes mágicos de autotransformación, podríamos inclinarnos a considerarle tan fanático como crédulos a sus jueces. Sin embargo, puesto que mató, mutiló y devoró a centenares de víctimas humanas y animales (a pesar de que él admitió haber asesinado únicamente a 16 personas) mientras estaba absolutamente convencido de ser un lobo, no podemos dudar de que sufría la enfermedad denominada licantropía.

«Licantropía» y «licántropo» derivan directamente de las palabras griegas lykos, que significa «lobo», y anthropos, que significa «hombre». A pesar de que la licantropía se refiriese originalmente al antiguo fenómeno de un hombre capaz de sufrir una metamorfosis animal (un fenómeno en el que creían fervorosamente médicos griegos tales como Cribasios y Aetios), gradualmente llegó a ser un término que se aplicaba exclusivamente a los hombres que imaginaban haberse transformado en bestias. Por este motivo, los psiquiatras consideran la licantropía fundamentalmente como un engaño, una ilusión.

En cuanto al hombre-lobo propiamente dicho, se decía que había dos cualidades humanas que permanecían cuando un hombre se transformaba en lobo: su voz y sus ojos. Sin embargo, en todo lo demás la metamorfosis en hombre-lobo venía totalmente determinada por rasgos animales: tenían la piel peluda y las garras de un lobo salvaje.

Sin embargo, en su forma humana, varias características físicas distinguían un hombre-lobo de un hombre normal. Se decía que sus cejas se encontraban en el punto medio del puente de la nariz, y que sus largas uñas en forma de almendra eran de un repugnante color rojo sangre; el tercer dedo, en particular, era siempre muy largo. Otros rasgos distintivos eran las orejas, situadas bastante bajas y hacia atrás de la cabeza, y la abundancia de pelo en las manos y en los pies.

Tradicionalmente se distingue entre tres tipos principales de hombres-lobo. El primero es el «hombre-lobo hereditario». Su enfermedad involuntaria era transmitida de generación en generación, como consecuencia de alguna terrible maldición familiar. El segundo es el hombre-lobo voluntario. Su depravación mental le lleva voluntariamente al reino de los rituales de magia negra, y a utilizar todo tipo de terribles encantamientos, pociones, ungüentos, cinturones, pieles de animal y conjuras satánicas para conseguir la metamorfosis deseada.

El tercer tipo es el hombre-lobo «bueno». Este descendiente amable y gentil de la familia del hombre-lobo es prácticamente una contradicción interna. No siente otra cosa que vergüenza por su aspecto brutal, y desea que a ningún hombre o animal le ocurra ningún daño. Dos de los hombres-lobo «buenos» más conocidos están descritos en un bonito par de romances del siglo XII, Guillermo y el hombre-lobo, de Guillaume de Palerne, y el Lay du bisclavaret (bisclavaret es el nombre bretón del varulf, hombre-lobo normando), de Marie de France, que trata de uno de los caballeros más galantes de Bretaña.

La teoría medieval era que, mientras el hombre-lobo mantenía su forma humana, el pelo le crecía hacia dentro; cuando deseaba convertirse en un lobo, simplemente se daba la vuelta a sí mismo de dentro hacia afuera. Una investigación realizada sobre varios documentos judiciales literales demuestra que los presos -indudablemente licántropos- fueron interrogados concienzudamente y que se les invitó a revelar los «secretos» de la metamorfosis animal. Cuando estos interrogatorios fracasaban y la paciencia de los jueces se terminaba, invariablemente a algunas de estas infelices víctimas se les cortaban los brazos y piernas o se las desollaba parcialmente, en un intento de encontrar la presunta pelambre interior.

Deambulando Por Bosques Umbríos

Otra teoría decía que la persona poseída conseguía asumir instantáneamente la forma y el carácter de un lobo simplemente poniéndose una piel de lobo encima. Se percibe aquí una vaga similitud con el supuesto hecho de que el berserker, el hombre-oso escandinavo: deambulaba de noche por umbrosos bosques vestido con un pellejo de lobo u oso para adquirir, a través de la transformación, una fuerza sobrehumana.

El hombre-lobo niño, Jean Grenier, poseía una piel de lobo de este tipo. En cambio, Jacques Rollet decía usar un bálsamo o ungüento mágico, tal como manifestó ante los tribunales el 8 de agosto de 1598.

«¿De qué se le acusa?», preguntó el juez. «De haber ofendido a Dios -contestó el hombre-lobo acusado, que contaba unos 35 años-. Mis padres me dieron un ungüento; no sé de qué está compuesto.»

Entonces el juez preguntó: «¿Al frotarte con este ungüento te conviertes en lobo?»

«No -replicó Rollet- pero debido a todo esto maté y devoré al niño Cornier: yo era un lobo.»

«¿Ibas vestido de lobo?»

«Iba vestido como voy ahora. Tenía las manos y la cara ensangrentadas, porque había estado comiendo la carne de aquel niño.»

«¿Tus manos y pies se convierten en garras de un lobo?»

«Sí; sí se convierten.»

«¿Tu cabeza se vuelve parecida a la de un lobo? ¿Se vuelve más ancha?»

«No sé qué forma tenía mi cabeza en aquel momento; utilicé mis dientes, la cabeza la tenía como la tengo ahora. He herido y devorado a muchos otros niños pequeños.»

Otro método para convertirse en hombre-lobo consistía en obtener un cinturón, generalmente de origen animal, pero que podía también estar hecho de la piel de un ahorcado. Este cinturón se ataba con una hebilla de siete clavillos. Cuando se desabrochaba la hebilla, o se practicaba un corte en el cinturón, se rompía el hechizo.

Eliphas Levi, el ocultista francés más importante del siglo XIX, que una vez sufrió un colapso aterrorizado por sus propias artes mágicas «trascendentales», describió el proceso de transformación de un hombre-lobo como «una situación de simpatía, entendimiento entre el hombre y su [forma] de representación animal». Acertadamente, subraya en su Historia de la magia (1860) que los hombres-lobo, pese a haber sido perseguidos, cazados e incluso heridos, no han sido nunca muertos sobre el terreno, y que a la gente sospechosa de estas atroces autotransformaciones, después de la persecución, siempre se les ha encontrado más o menos heridos, algunas veces agonizantes, pero siempre con su forma natural.

Instintos Salvajes Y Sanguinarios

Levi continúa entonces analizando el fenómeno del «cuerpo sideral» del hombre -«el mediador entre el alma y el organismo material»- y lo utiliza como base de una explicación del fenómeno del hombre-lobo:

Este cuerpo muy frecuentemente permanece despierto mientras el otro duerme, y mediante el pensamiento se transporta a sí mismo a través de todo el espacio que el magnetismo universal le abre. De este modo alarga, sin romperla, la cadena simpatética, que les une al corazón y al cerebro. La forma de nuestro cuerpo sideral es la que corresponde al estado habitual de nuestros pensamientos, y a la larga modifica los rasgos del organismo material.

Levi pasa a sugerir que el hombre-lobo no es otra cosa que el cuerpo sideral de un hombre cuyos instintos salvajes y sanguinarios corresponden a las características de un lobo. Estos hombres, mientras su fantasma anda errante, sueñan que son ni más ni menos que un lobo salvaje.

Ciertamente, hoy en día los teósofos creen que durante la Edad Media, cuando las ejecuciones públicas eran corrientes, muchas personas caían moralmente tan bajo, que sus cuerpos astrales -los espíritus humanos que se dice que utilizamos después de la muerte- se unían efectivamente con un animal. Esto explicaría el porqué, si un cuerpo astral se manifestaba en forma de lobo y le herían -pongamos por ejemplo que un cazador le cortara una garra- esta herida aparecería también en el cuerpo físico de la forma humana del hombre-lobo: es decir, una de las manos aparecería gravemente herida o incluso le faltaría totalmente cuando el hombre-lobo volviera a su forma humana.

Charles Webster Leadbeater, clérigo anglicano que vivió entre finales del siglo pasado y principios de éste, y que fue una de las principales figuras de la Sociedad Teosófica, defendía con gran entusiasmo la tesis de la duplicación de la herida en su libro The astral plane (El plano astral, 1895):

Al igual que ocurre tan a menudo con la materialización corriente, cualquier herida infligida a este animal se reproduciría en su cuerpo humano-físico debido al extraordinario fenómeno de la repercusión, a pesar de que, después de la muerte de este cuerpo físico, el cuerpo astral (que probablemente continuaría apareciendo en la misma forma) sería menos vulnerable. Sería también menos peligroso, ya que, a menos que encontrara un médium adecuado, sería incapaz de materializarse plenamente.

El fenómeno de la duplicación de la herida a través de la proyección astral es indudablemente una teoría que está ganando considerable terreno entre los actuales pensadores espirituales. Rose Gladden, una de las exorcistas con más experiencia de Gran Bretaña (y famosa por sus curas mediante la clarividencia) está persuadida de que la aplicación diabólica de la proyección astral desempeñó un papel clave en la vida de muchos hombres acusados de ser hombres-lobo. Rose Gladden explica:

Supongamos que yo fuera una persona cruel que disfrutara con las cosas horribles de la vida; bien, cuando yo proyectara mi cuerpo astral fuera de mi cuerpo físico, toda la maldad circundante podría agarrarme, cogerme. Y sería la maldad que se apoderara de mi proyección astral, o de mi «doble», lo que me transformaría en un animal, en un lobo.

La atmósfera está siempre llena de fuerzas malignas, y a estas fuerzas malignas les es mucho más fácil existir dentro de un ser humano -digamos dentro de una persona mala- que en un vacío nebuloso.

Los hombres-lobo eran -son aún- la manifestación más perversa de la humanidad. Entiendo perfectamente por qué hay tantas narraciones de casos de «duplicación de la herida».

Un Extraño Desasosiego

Entre los incontables relatos acerca de «duplicaciones de heridas» figura uno referente a un granjero alemán y su mujer, que participaban en la siega cerca de Caasburg, en el verano de 1721. Al cabo de un rato la mujer dijo que sentía un tremendo desasosiego: que no podía permanecer allí un minuto más, que tenía que alejarse. Después de hacerle prometer a su marido que si se acercaba algún animal salvaje le tiraría su sombrero y echaría a correr, desapareció rápidamente. Pero aún no hacía unos segundos que se había marchado, cuando apareció un lobo que, tras cruzar un río cercano, avanzó hacia los segadores. El granjero le tiró un sombrero a la bestia, y ésta lo despedazó; antes de que el granjero pudiera huir, un hombre le clavó al lobo una horca, asestándole un golpe mortal. La forma del animal cambió instantáneamente... y todo el mundo quedó horrorizado al ver que el hombre acababa de matar a la mujer del granjero.

Tanto si esta historia ocurrió realmente como si no, el matar a un hombre-lobo de esta manera ha sido siempre, por tradición, el mejor modo de obligarle a reasumir al instante su forma natural, o de llegar a detectarle rápidamente. Sin embargo, estos extraños fenómenos de duplicación de la herida que aparecen tan a menudo en los casos de hombres-lobo son también corrientes en experiencias exteriores al cuerpo. ¿No podría ser que este sorprendente hecho apuntara hacia una posible explicación del fenómeno del hombre-lobo en función de una proyección astral? ¿Es el hombre-lobo algo más que una manifestación del «cuerpo sideral» del que habla Levi, una proyección fantasmagórica del hombre?

El LSD Medieval

¿Por qué tantas historias de hombres-lobo se remontan a la Edad Media? Una teoría sugiere que este hecho no se debe únicamente a la naturaleza supersticiosa de las mentes medievales: puede que para muchas personas las alucinaciones de origen bioquímico fueran entonces experiencias prácticamente cotidianas.

Los que practicaban el arte secreto de hacer creer a una persona que estaba volando, o que le estaban creciendo las uñas y se estaba convirtiendo en un animal, solían emplear extractos de piel de sapo, o plantas tales como la mandrágora, el beleño y la belladona.

Pero estas alucinaciones no sólo las sufrían las personas que tomaban estas drogas. En los graneros medievales, el grano se clasificaba en dos montones: el grano limpio para la aristocracia y el clero, y el grano parasitado para los campesinos. El grano afectado por el cornezuelo transporta un hongo que produce alcaloides parecidos al LSD (dietilamida del ácido lisérgico) y que también provoca sensaciones como la de sentirse transformado en animal.

Las miticas Serpientes Marinas: Criaturas De Los Abismos


Desde hace miles de años, los humanos se han inquietado por los relatos de viajeros que afirman haber visto extraños monstruos marinos. Las profundidades del océano están pobladas por numerosas criaturas que la ciencia todavía desconoce, y dichos relatos no pueden ser descartados tranquilamente como fruto de la imaginación.

Si tenemos en cuenta que más del 60 % de la superficie de la Tierra está cubierta por agua, difícilmente puede sorprendernos que la humanidad tenga noticia de la existencia de monstruos marinos desde la más remota antigüedad. E incluso en nuestros días, los biólogos marinos, que llevan mucho tiempo estudiando las profundidades de los océanos, están dispuestos a aceptar con cierta prudencia que los numerosos informes de observaciones de monstruos marinos parecen probar que muchas criaturas, por ahora desconocidas y no clasificadas, pululan en lo más oscuro y oculto de las aguas.

La bíblica bestia del mal, el Leviatán («la serpiente enroscada»; «el dragón que vive en el mar»), es mencionada cinco veces en el Antiguo Testamento, y todas las mitologías nos hablan de gigantescas serpientes marinas.

Los eclesiásticos escandinavos recopilaron muchos de los primeros informes sobre monstruos marinos. El arzobispo Olaf Mansson, más conocido como Olaus Magnus, que vivió exiliado en Roma tras el triunfo de la Reforma en Suecia a mediados del siglo XVI, publicó en 1555 una historia natural de las tierras del Norte que contiene informes sobre serpientes marinas. Entre ellas describe una de 60 m de longitud y 6 m de grosor que era capaz de comer terneros, cerdos y corderos, y que incluso podía arrebatar a los hombres de la cubierta de los barcos.

La descripción del arzobispo es muy interesante. Explica que la serpiente marina es de color negro, que de su cuello pende una melena, que sus ojos son resplandecientes y que «yergue la cabeza como una columna». Pues bien, estas características aparecen también en informes recientes, lo que nos permite suponer que Olaus Magnus escribía basándose en testimonios directos de los hechos, que luego fueron distorsionados por los avatares de la transmisión oral.

Doscientos años después los historiadores seguían recogiendo testimonios de la existencia de las serpientes marinas. Un misionero noruego, Hans Egede, informó de la aparición de un monstruo marino en la costa de Groenlandia el 6 de julio de 1734. El misionero escribió que el cuerpo de la bestia era tan grueso como el de un barco y tres o cuatro veces más largo, y que el monstruo surgía de las agua con un salto ágil y volvía a sumergirse.

Otro escritor del siglo XVIII que afrontó el misterio de las serpientes marinas fue el obispo de Bergen, Erik Pontoppidan. Tras una minuciosa investigación, comprobó que era raro el año en que no se hubiera visto alguna en las costas escandinavas, publicando el informe de sus descubrimientos en 1752.

Un año antes, el obispo había hecho leer ante el Tribunal de Justicia de Bergen una carta del capitán Lorenz von Ferry en la que se describía con todo lujo de detalles una serpiente marina que él y su tripulación habían visto mientras se dirigían a tierra en un bote de remos, junto a la localidad de Molde (Noruega) en 1746. El capitán describía así a la serpiente: «tenía una cabeza gris semejante a la de un caballo, grandes ojos negros, boca negra y larga melena blanca.

 Detrás de la cabeza del monstruo, pudieron apreciar hasta siete u ocho promontorios que salían del agua, y el cuerpo de la bestia se retorcía formando espirales». Cuando el capitán Von Ferry ordenó hacer fuego contra la serpiente, ésta se sumergió en el agua y no volvió a aparecer.

En el transcurso del siglo XVIII, el peso cada vez mayor de la crítica racionalista y del análisis científico determinó que los informes de los marineros que habían divisado monstruosas bestias marinas fueran considerados exagerados y ridículos. Un científico noruego, Peter Ascanius, afirmó que la hilera de jorobas que habían visto los marineros no pertenecía a ningún descomunal monstruo marino, sino a una comitiva de delfines haciendo cabriolas. Y esta explicación tan endeble se convirtió desde entonces en el recurso favorito de quienes pretendían desacreditar los testimonios sobre la existencia de monstruos marinos.

Sin embargo, no deja de resultar sorprendente que los naturalistas que se tomaron la monstruosas, y uno de los conservadores del London Zoological Garden, A. D. Bartlett, afirmó en 1877 que consideraba una temeridad no hacer caso de una evidencia que procedía de fuentes tan diversas.

Constantin Samuel Rafinesque fue un brillante y polémico naturalista que contribuyó de forma importantísima al conocimiento de la flora y de la fauna americanas. Nacido en Europa en 1783, en 1815 emigró a Estados Unidos, donde fue profesor de ciencias naturales en la Universidad de Transylvania, en Kentucky. La serpiente marina, de cuya existencia estaba firmemente convencido, formaba parte del vasto campo de sus intereses.

Durante la primera mitad del siglo XIX se registraron numerosas observaciones de serpientes marinas a lo largo de la costa nororiental de América. La zona donde abundaron más los testimonios fue en torno al puerto pesquero de Gloucester, en Massachusetts. Rafinesque examinó los informes y decidió dividirlos en cuatro grupos, denominando a las bestias Megophias, es decir, «serpientes gigantescas».

Pero los investigadores de fenómenos inexplicados sobre las apariciones de bestias marinas seguían encontrando una fuerte oposición entre los científicos. Uno de los más recalcitrantes era sir Richard Owen, sabio prestigioso, aunque de mentalidad muy conservadora, a quien Darwin había considerado «uno de mis principales enemigos».

En 1848 Owen sostuvo un intercambio epistolar de cierta acritud, que tuvo como marco las columnas de The Times, con el capitán Peter M'Quhae. El debate giraba en torno a una serpiente marina de 18 m que el capitán y su tripulación afirmaban haber visto en aguas del Atlántico Sur, desde la cubierta del Daedalus, el 6 de agosto de aquel mismo año. Aunque Owen echó mano de la acostumbrada estratagema de los escépticos, que consistía en interpretar los informes de manera que se ajustasen a las propias preconcepciones (la identificación que dio era un león marino), el capitán M'Quhae se mantuvo firme en su convicción de que lo que había visto era una serpiente marina.

Como es natural, los monstruos marinos han ocupado siempre un lugar importante en las consejas de los marineros. Algunos informes son exagerados sin duda, pero muchos otros, que consiguieron figurar en los diarios de a bordo, resultan curiosamente consistentes.

En mayo de 1901, cuando los oficiales del vapor Grangense, que navegaba por el Atlántico occidental, vieron desde el puente una criatura monstruosa semejante a un cocodrilo, con dientes de 15 cm, el capitán se negó a tomar nota del hecho en el diario de a bordo, objetando: «Van a decir que estábamos borrachos; y les agradeceré señores, que se abstengan de mencionar lo ocurrido a nuestros agentes de Pará y Manaus.»

Pero no faltaron otros menos cuidadosos con su reputación, como el teniente de navío George Sandford, el cual, como capitán del navío mercante Lady Combermere, en 1820 informó haber visto en aguas del Atlántico una serpiente de 18 a 30 m de longitud que arrojaba un chorro de agua como una ballena. El 15 de mayo de 1833, cuatro oficiales del ejército británico y un intendente militar, que habían salido de pesca, vieron una serpiente de unos 24 m de longitud que nadaba por el mar a no más de 180 m de donde ellos estaban. La aparición se produjo en Mahone Bay, a unos 65 km al oeste de Halifax, en Nueva Escocia, y los testigos quedaron tan convencidos de la importancia de lo que habían visto que firmaron todos una declaración a la que añadieron:

No hubo posibilidad alguna de error, ninguna ilusión, y estamos muy satisfechos de haber tenido el privilegio de ver la «auténtica y genuina serpiente marina», que siempre ha sido considerada como producto de la imaginación de algunos capitanes de barco yanquis.

Otra aparición de un monstruo marino semejante a un cocodrilo tuvo por testigos al capitán y la tripulación del Eagle el 23 de marzo de 1830, pocas horas antes de que el barco atracara en Charleston, en Carolina del Sur. El capitán Deland acercó su goleta a menos de 22 m de la bestia y le disparó con un mosquete a la cabeza. Alcanzado por el proyectil, el monstruo se sumergió debajo del navío y lo golpeó repetidas veces con la cola, provocando serios desperfectos en el casco.

Otro de los militares que vio de cerca un monstruo marino de las profundidades fue el mayor H. W. J. Senior, de los Bengal Staff Corps. El 28 de enero de 1879, viajando en el City of Baltimore por aguas del golfo de Adén, pudo ver, a una distancia de 450 m del barco, una cabeza semejante a la de un bulldog, con un cuello de unos 60 cm de diámetro, que salía del agua hasta alcanzar una altura de seis a nueve metros. La criatura se movía con tal rapidez que le resultó imposible seguirla con los prismáticos. Su relato fue firmado también por otros testigos.

Ha pasado un siglo desde el episodio anterior, y durante este tiempo los monstruos marinos han continuado emergiendo ante sus asustados observadores. El intrépido capitán John Ridgway, que cruzaba el Atlántico en un bote de remos, vio un monstruo pocos minutos antes de la medianoche del 25 de julio de 1966. Su compañero, el sargento Chay Blyth, que más tarde se convertiría en un balandrista de fama mundial, estaba profundamente dormido. Mientras remaba, Ridgway oyó un ruido parecido a un silbido y, de pronto, vio una serpiente de unos 10 m de longitud, con el cuerpo fosforescente -«era como si de su cuerpo colgara una hilera de luces de neón»-, que se acercaba a toda velocidad, se sumergía debajo del bote y no volvía a aparecer.

Gigante Del Océano

Muchos zoólogos creen que el Kraken -el monstruo marino de las leyendas noruegas- corresponde probablemente a los calamares gigantes del género Architeuthis, que habitan en las profundidades del océano y pueden alcanzar 18 m de longitud. El cachalote es el único animal que se atreve a enfrentarse a estos monstruos, produciéndose entre ellos encarnizadas batallas.

El calamar gigante que aparece en la fotografía quedó varado en la playa de Ranheim (Noruega) en 1954. Aunque no es el espécimen más grande que se conoce, alcanza los nueve metros de longitud.